PONENCIA: SOCIEDAD, DESARROLLO, POLÍTICA… ¿Y ÉTICA?



PONENCIA PARA UN FORO EN EL CENDES.

Dedicada a Alberto Rosales y Juan Nuño.

Emeterio Gómez

27 de junio de 2011

Tesis Básica: La necesidad de que las Ciencias Sociales asuman firmemente la reflexión sobre la Dimensión Ética de lo Humano.

Cinco Preámbulos: a) A estas alturas de la discusión sobre el Desarrollo, la Sociedad y la Política, pareciera evidente que el debate debe conectarse con lo que –a nivel mundial– se está planteando en el plano de la Filosofía. No puede ser, para mencionar sólo un detalle, que en algunas centros de reflexión el eje de la discusión sea hoy la Postmodernidad (esto es, el fracaso rotundo de la Modernidad), en tanto que algunos ambientes nuestros siguen hablando de ¡¡la necesidad de modernizar a Venezuela!!

b) De la misma forma que podría afirmarse que “No puede ser” que se plantee la relación entre política, economía, exclusión, gerencia y derecho, sin conectar dichas esferas con la de la Ética y, más aún, con la profunda crisis que ésta vive en la Cultura Occidental. No parece muy apropiado hablar hoy de Responsabilidad Social de la Empresa Capitalista, de pobreza generalizada o de Derechos Humanos, sin aludir a la profunda Quiebra Moral de Occidente.

c) Pero, si asomamos el problema de dicha Crisis Ética, será inevitable entonces aterrizar en el verdadero tema central: la desconexión radical entre la Moral y la Razón, que desde hace 260 años se hizo explícita en la Filosofía Occidental. Nos referimos a la tesis del Is-Ought Problem (la relación entre en Ser y el Deber Ser), planteado por David Hume hacia 1750: la detección de la ¡¡no existencia –en el Hombre– de ninguna conexión entre la Razón y la Moral!! que sumió en una profunda crisis no sólo a esta última, sino lo más grave, a la primera, a la Razón.

d) Y es allí donde aparece el más dramático de los “No puede ser”. ¡¡No puede ser que en nuestros ambientes intelectuales se sigan discutiendo las relaciones entre Política, Economía, Derecho, Gerencia y Desarrollo, sin conectar dicha discusión con la profunda crisis que vive la Filosofía Occidental en su totalidad!! Si la Razón y la Moral no se conectan entre sí, no es sólo ni es tanto la Moral la que entra en crisis, sino que es la Razón la que pierde radicalmente su sentido, esto es, su capacidad de fundar Lo Humano. Si la Razón no puede sustentar a la Moral, algo anda o huele de verdad muy mal. Tarde o temprano, algún niño audaz se atreverá a decir que “el rey va desnudo”, y empezaremos a hablar del Oscurantismo de la Razón. Porque si ella no tiene ninguna posibilidad de guiarnos hacia el Bien, si sirve igualito para hacer el Bien y el Mal, ¿cómo endiosarla tal como hizo la Modernidad?

e.- Con todo lo cual llegamos abruptamente al Llegadero: la crisis que vivimos (en Venezuela y en el Mundo) no es tanto económica, política, jurídica o moral, ni es siquiera filosófica o atinente al Pensamiento Racional, alude a la esfera más profunda de Lo Humano, a las realidades más recónditas del Espíritu, a la dimensión de lo trascendente, sagrado, psíquico, místico o religioso. El formidable avance del Laicismo, a expensas de lo Religioso, a lo largo de la Modernidad –siglos XVII y XVIII–, se desploma con la quiebra estruendosa de la Razón, con los fracasos espectaculares de Kant y Hegel. Los siglos XIX y el XX fueron simplemente la demolición de los 2500 años anteriores de pensamiento filosófico. Hoy, arrancando el siglo XXI –ante ese fracaso apoteósico de la Razón y del Laicismo–, tiende a imponerse la necesidad de regresar (en alguna pequeña medida) a la Religiosidad o, por lo menos, a la Espiritualidad, una versión light de aquélla. Cualquier cosa que le pueda proporcionar al Ser Humano algún asidero Existencial.

1.- De la Conciencia Cognoscitiva o Pasiva a la Conciencia Creadora o Activa.

El aspecto más general y esencial en que fundamos nuestro enfoque es el cambio radical que se produjo en la Cultura Occidental entre los siglos XVI y XVIII. Un proceso de cambio que se inicia con el Renacimiento, que se concreta con el Giro Cartesiano(1) y que se desarrolla plenamente en los siglos XVII y XVIII con el grueso de la Filosofía Moderna. La analogía no podría haber sido más fértil: la Filosofía Griega y la Medieval habían puesto el énfasis en el Mundo, la Naturaleza y Dios, asignándole al Hombre, la Conciencia y la Subjetividad un papel estrictamente secundario, contemplativo y casi nulo; la Filosofía Moderna, en cambio, en sus dos versiones –tanto la racionalista, como la empirista– ponen radicalmente el énfasis en el Ser Humano, en su capacidad cognoscitiva, racional por un lado o empírica por el otro.

La expresión o fórmula que mejor resume esa visión greco-medieval, es la Adequatio Rei: La adecuación del conocimiento a la cosa o realidad que se desea conocer. La tan anhelada Verdad era simplemente la capacidad que tenía el Conocimiento para reflejar o descubrir la Realidad Externa. Que se asumía como la Realidad “en sí misma” o “en cuanto tal”. Frente a este papel greco-medieval absolutamente pasivo del Conocimiento, la Conciencia, la Subjetividad y el Hombre, la Filosofía Moderna postula todo lo contrario: es a partir y a través de la Conciencia y de la Subjetividad que se nos constituye la Realidad. No hay olores fuertes, ruidos estruendosos, imágenes borrosas o cosas livianas, si no es –respectivamente– en relación a una cierta capacidad olfativa, auditiva o visual, o a una cierta fortaleza física de quien percibe o levanta el objeto supuestamente pesado o ruidoso “en sí mismo”. Pero, lo más importante, no hay realidades definidas “en cuanto tales”, si no es en relación o gracias a los conceptos que nuestra conciencia es capaz de superponerle a la Realidad empírica o natural.

El Giro Cartesiano hacia la Subjetividad, cambia radicalmente el papel del Ser Humano de un ente meramente cognoscente y pasivo a uno de carácter Creador y Activo. Que es la confrontación que más nos interesa enfatizar: no tanto el salto de lo Pasivo a lo Activo, sino el de lo Cognoscitivo a lo Creador. Grecia no llegó a tener una noción clara del Ser Humano como Creador; la Razón no era específica de cada hombre en particular, sino de la especie en general y se encargaba estrictamente de contemplar, representar, reproducir o descubrir ¡y no de Crear! la Verdad. Y durante la Edad Media, dominada por el Cristianismo, sólo Dios era Creador. Cuando alguien lograba plasmar una obra de arte evidentemente creadora, debía asumir que había sido Inspiración Divina. Porque sólo Dios tenía la facultad de Crear. En el Renacimiento, con Miguel Ángel, Botticelli, Leonardo y tantos otros genios creadores, empezó a ser evidente que –al menos en el arte– ya no se trataba simplemente de conocer, descubrir o reproducir la Realidad, se trataba evidentemente de Crearla o, al menos, de Recrearla.

A partir del Renacimiento y de Descartes, los hombres aceleran exponencialmente la conciencia creciente de su Capacidad Creadora. Durante la Modernidad, en los siglos XVII y XVIII, dicha conciencia estuvo limitada o mediatizada por el peso del Racionalismo, pero ya con Kant, al lado de la Razón aparece poderosa la Capacidad Crítica, la posibilidad del hombre de juzgar la realidad, de trascenderla y de modificarla. Proceso éste que se plasma definitivamente en la Revolución Francesa y, más aún, en la idea misma de Revolución, ¡¡en la posibilidad cierta de imponerle un curso a la Historia!!

Una primera expresión decisiva de este giro hacia la Conciencia Activa o Creadora fue, ya en el siglo XIX, el Socialismo Utópico y, más aún el Socialismo de Marx, presuntamente científico, pero al final tan iluso como el de Proudhon o Fourier. Fue, en ambas vertientes, la pretensión de transformar la Revolución Francesa –promotora del Capitalismo– en una Revolución Comunista, destinada a destruirlo. Todo un planteamiento que Marx sintetizó en su Onceava Tesis sobre Feuerbach: “Los hombres (o la filosofía) se han dedicado a conocer al Mundo, cuando de lo que se trataba era de transformarlo”. Una concepción que apuntaba en la dirección correcta, pero que era, de todas maneras, profundamente errónea, porque pretendió ir mucho más allá de todo lo que –en relación a la sociedad– podía plantearse la capacidad creadora del hombre. Porque una sociedad comunista es profundamente inviable… al menos mientras el hombre sea la bestia que todavía es.

Una segunda expresión, mucho más sensata, de ese Giro hacia la Capacidad Creadora, es la que se resume en el título de la obra principal de Schopenhauer: El Mundo como Representación y Voluntad. Esto es, el giro explícito de la Conciencia, esencialmente cognoscitiva y pasiva por su propia naturaleza –y por mucho que haya asumido un papel activo y creador– hacia la Voluntad, ella sí esencialmente Activa y Creadora. Una idea que se profundiza y exacerba en las cruciales nociones de Voluntad de Poder y del Superhombre de Nietzsche. Que es ya la posibilidad cierta de que el Hombre se constituya o, más aún, se construya a sí mismo, gracias a su Voluntad y a partir de su Conciencia.

Todo lo cual desemboca finalmente –ya en el siglo XX– en Heidegger queriendo rescatar la Filosofía y la Noción de Ser, pero concibiendo al Hombre como una pura Posibilidad de Ser, es decir, como no teniendo absolutamente ningún Ser. Pero lo más grave, como no teniendo ninguna posibilidad de comprenderse ni de explicarse a sí mismo… ni racional… ni irracionalmente… ni de ninguna manera. Nietzsche liquidó a la Filosofía, Heidegger intenta rescatarla tan solo para llegar a intuir la absoluta imposibilidad de comprender lo Humano. Porque, por definición ¡¡es imposible comprender racionalmente cómo es que uno Crea!! Porque si se pudiera conocer o definir la Creación (o cómo es que se crea) estaríamos obviamente negándola: ¡¡crear de acuerdo a una fórmula o definición no pareciera ser muy creativo!!

2.- La disociación radical entre el Mundo y la Conciencia, entre la Naturaleza y el Espíritu.

Muy en relación con la noción de Creación, la Filosofía y la comprensión de la Realidad se escinden en dos esferas radicalmente distintas: el Mundo o la Naturaleza, por un lado y la Conciencia o el Espíritu, por el otro. Toda la vieja Filosofía Occidental fundada por Parménides en la noción de Lo Uno, toda esa ancestral ilusión de que la infinita diversidad de lo que existe se pudiera reducir a La Unidad, a la uni-versalidad del Concepto, se nos vuelve insostenible. Carece de sentido seguir aferrados a las nociones de El Ser, Lo Uno, La Verdad o La Bondad. ¡¡Porque lo esencial y de lo que se trata, en última instancia, es de aceptar la más absoluta incomprensión o inescrutabilidad de la esfera de lo espiritual, llámesela lo Trascendente, lo Humano, el Espíritu, lo Místico, el Alma o Dios!! Al Mundo que no tiene la capacidad de Crear, podemos conocerlo; al Espíritu, que sí la tiene, no.

Ni el Mundo ni la Naturaleza tienen la posibilidad de Crearse conscientemente, es decir, de Decidir acerca de cómo quieren ser o acerca de lo que quieren ser. El centro de todo nuestro planteamiento es esa maravillosa posibilidad que tiene el Espíritu de imponerse a sí mismo una Manera de Ser; la posibilidad de cambiar libremente su “Ser” o, mejor dicho, su Posibilidad de Ser, hasta en sus dimensiones más profundas. Algo que la Filosofía Griega no se planteó siquiera; un enfoque (sobre todo eso de “Decidir lo que se quiere Ser”) que sin duda le habría causado un auténtico patatús a Parménides, Platón o Aristóteles… y aún a Heráclito, a pesar de su aceptación del Ser como un permanente fluir.

De todo lo cual se deriva otra característica del Espíritu, condición sine qua non de cualquier facultad creadora: su capacidad de poder asumir, imponer o imponerse Lo Absoluto, la condición absoluta de Ser. En el Mundo o la Naturaleza, todo es Relativo, todo es en relación a todo lo demás, a las condiciones que le dieron origen o al contexto en el que se enmarca; las determinaciones del Espíritu, bien por el contrario, tienen la posibilidad de ser Absolutas, de no Ser en relación con nada, precisamente por provenir de La Nada. Es la clara posibilidad que tienen la Conciencia o el Espíritu de imponerse su “Ser”, independientemente de todo lo demás. Esta Capacidad Creadora y Absoluta del Alma Humana, es el punto de partida de toda nuestra reflexión acerca de la Economía, el Desarrollo, el Derecho, la Política, la Ética, etc.

Es también el punto de partida de nuestra reflexión acerca de La Libertad, ¡¡ese rasgo maravilloso, pero al mismo tiempo también trágico, de Lo Humano!! La Libertad como el origen de todo lo Bueno, pero también de todo lo Malo, del Mal Radical, hitleriano, estalinista o maoísta, que subyace en nosotros(2). Porque el plano de la Moral es, al mismo tiempo, el de la Libertad Absoluta ¡¡que no tiene por qué someterse a ninguna regla o principio!! Que debería someterse a los valores, pero que no tiene por qué hacerlo, que no tiene por qué supeditarse o someterse a la Razón… ni a nada. Que es la “razón” última de la Quiebra de la Civilización. Es lo que Wittgenstein puso en esa frase retadora y cruel que tenemos que tragarnos o asumir muy seriamente si queremos contribuir –por ínfima que sea esa contribución– a la creación de un mundo mejor: “Yo Debo, pero y si no lo hago ¿Qué?”. Es decir, yo debo respetar mis valores, pero si no lo hago, ¿qué? ¿Quién me va a castigar si no lo hago? ¿Quién me impondrá alguna sanción o me condenará a qué? ¿En cuáles llamas eternas me consumiré?

 

3.- De la Libertad Responsable a la Libertad Absoluta. La contradicción irresoluble entre Libertad y Racionalidad.

A todo lo largo de los dos siglos que definieron a la Modernidad, la Humanidad –o, más simplemente Europa– hizo esfuerzos inútiles por mantener a la noción de Libertad bajo la primacía o vigilancia de la Razón. Fue la ilusión de que la Libertad fuese (necesariamente) una Libertad Responsable. La Ley Moral kantiana, es decir, la pretensión de que la Razón se impusiese necesariamente sobre la Moral, se desploma a poco de ser publicada la Crítica de la Razón Práctica (1784). ¡¡La Humanidad se quedaba absolutamente “en el aire”, “agarrada de la brocha”!! No había ningún freno que pudiese imponerse para humanizar o, al menos adecentar, un poco a la Libertad Individual. Nada ni nadie podía imponerle frenos o límites a la Animalidad Humana; rondaban ya en el ambiente Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot.

El esfuerzo intelectual de Kant fue endeble, pero serio, es decir, se mantuvo dentro de la compostura y las restricciones que este mundo nos impone. Luego de él, Hegel hizo un intento postrero, ya poco serio: una especulación desbordada que termina identificando a la Razón con la Libertad, Dios y el Espíritu Absoluto. Una mentira que al desmoronarse –casi al mismo tiempo que se la formulaba– dejó completamente indefensa a la Civilización Occidental.

Todo lo cual dio paso a la ya señalada identificación radical y profunda entre Libertad y Creación, entre la Libertad Espiritual del hombre y su capacidad de Crear. Porque Crear es, antes que nada, “tener plena Libertad para crear”, no estar atado a ninguna Realidad necesaria o racional que se nos imponga de manera preestablecida. El espíritu es exactamente así: ¡¡no tiene ningún límite!! Por eso es automáticamente Creador. Kant y la Modernidad madura de finales del siglo XVIII, comprendieron esto e intentaron fundar una noción de la Libertad sujeta a la Responsabilidad. Si ello hubiese sido posible, si hubiese tenido algún sentido o posibilidad de concretarse, la Economía de Mercado, es decir, el Capitalismo, hubiese podido sustentarse sólidamente en el plano teórico. Se hubiese constituido sobre la Libertad Responsable y no sobre algo tan endeble y prehumano como la Mano Invisible del Mercado.

4.- El asno de Buridán.

 En cierta forma, toda la tragedia de Occidente se resume en la noción del Libre Albedrío. El Hombre es absolutamente libre para hacer el Bien… ¡¡pero también para hacer el Mal!! Cuando tiene razones para hacer uno u otro, lo hará, no por sus valoraciones morales sino porque la Realidad –natural, social, económica, jurídica o política– se lo imponen. Todo lo cual nos conduce a la trampa del Libre Albedrío, es decir, de la Libertad Individual plena: la posibilidad de tomar una Decisión ¡¡o exactamente la contraria!! cuando la Realidad o la Razón no nos imponen ninguna de las dos. Teorema o situación ésta que en la Edad Media fue plasmada en la simpática fábula o metáfora del Asno de Buridán(3). Dicho jumento, brutísimo y puesto a escoger entre dos haces de heno de exactamente el mismo tamaño y la misma forma, colocados exactamente a la misma distancia y, sobre todo, aparentemente igual de apetitosos –de tal forma que él no experimente la mas mínima preferencia por alguno de ellos– terminará muriéndose de hambre, por falta de una elemental Decisión.

Era una forma primitiva y torpe de expresar (en la Edad Media) el Libre Albedrío. Una manera, errónea repito, de asumir –o hacernos creerque sólo podemos expresar nuestra libertad cuando sentimos alguna preferencia o recibimos alguna influencia que nos lleve a decidirnos. Es no haber descubierto la profunda Nada que subyace al Espíritu. Es estar todavía atado al dogma de la Razón: sólo puedo decidir u optar entre dos posibilidades cuando alguna razón me inclina por alguna de ellas. Pero resulta que es exactamente al revés: ¡¡sólo puedo escoger libremente, cuando no tengo ninguna Razón, es decir, ninguna determinación externa a mi Conciencia que me incline por alguna de las dos (o más) alternativas!! Aunque el pobre burro tenía una razón poderosísima (su hambre) para escoger uno u otro de los dos haces de heno, como dichas razones eran exactamente iguales para los dos haces, él no pudo decidirse por ninguno(4). Y se murió, no por bruto, sino por comerse las cobas de Occidente.

Era una manera primitiva y errónea de enfocar el Libre Albedrío, muy acorde con el Medioevo. Era seguir suponiendo que la Libertad se fundaba en una actitud pasiva y meramente cognoscitiva, en la que la Decisión venía impuesta por la Razón (en este caso, la preferencia por alguno de los dos haces), es decir, ¡¡que no era en realidad una Decisión, sino una Deducción!! Definitivamente hay que mantener una actitud alerta ante la Civilización Occidental; ¡¡porque casi nos castra!! Porque en esos cimientos (griegos y medievales) suyos, hundidos en nuestras almas desde hace más de 2500 años, hay mucho gato que pasó por liebre.

Pero esa misma fábula de Buridán nos sirve para comprender toda la profundidad, complejidad y absoluta inescrutabilidad de la Libertad y de la Capacidad de Decisión de los Humanos. Aun cuando no hubiese estado en juego su vida o no hubiese estado rigurosamente obligado a escoger, es decir, ¡¡obligado a tomar una Decisión!! el Asno de Buridán –de haber sido humano– habría podido imponerse a sí mismo escoger uno cualquiera de los dos haces de heno, simplemente ¡¡porque sí!! El que fuese, sin preferencias ni razones específicas, casi que “por no dejar”. Que es lo que realmente define a Lo Humano: la capacidad de decidirnos por una u otra opción ¡¡sin ninguna razón particular, a partir de la más absoluta Nada!! No por ninguna preferencia, sino porque nosotros (libremente) nos lo imponemos. Porque con las mismas razones, preferencias o motivaciones que escojo perdonar una ofensa, abortar, suicidarme o matar a alguien, puedo escoger exactamente lo contrario.

5.- ¿Es que de verdad existen Decisiones Racionales?

Con todo lo cual recalamos en otra de las aberraciones que expresan la inconsistencia profunda de la Cultura Occidental: la creencia errónea según la cual no sólo existen Decisiones Racionales, sino que toda Decisión, para serlo, debe ser Racional. Es esa patraña según la cual buscamos razones que nos permitan tomar fundadamente una Decisión, cuando es exactamente al revés: buscamos razones que nos eviten tener que tomar Decisiones, es decir, que nos lleven a hacer lo que la realidad nos indica o nos impone. ¡¡Nada más tranquilizante, en efecto, en una determinada situación, que hacer “lo único que se podía hacer”!! Todo ello, sin detenernos demasiado a pensar que para que una Decisión sea Racional es necesario que lo que decidamos se deduzca racionalmente del contexto dentro del cual operamos; en cuyo caso dicha “Decisión” será racional… solo que no será una Decisión sino una Deducción.

Porque sólo tomamos de verdad una Decisión, cuando nuestro Espíritu opta libremente por una u otra posibilidad, es decir, cuando “con el mismo contexto y las mismas razones” puedo escoger una opción o la contraria; cuando ante una mentada de madre auténtica, logro controlarme, cuento hasta diez y percibo claramente que puedo decirle al agresor “la tuya” o “¿por qué estás tan alterado, pana?”.

Esa aberración occidental de creer que hay Decisiones Racionales, dicho sea de paso, es la contrapartida exacta de esa otra estupidez que nos hace ponernos en guardia cada vez que alguien nos trata demasiado bien. Ese mecanismo mental ancestral que nos lleva indefectiblemente a pensar ¿qué andará buscando? ¿qué me irá a pedir? O, peor, ¿qué me habrá hecho? Porque la Cultura Occidental nos ha inculcado hasta los tuétanos ¡¡que nadie hace nada si no es por una razón!! La síntesis meeesssma, decíamos, de la castración. Que es imposible que nadie haga algo desinteresadamente y que –en el colmo– si lo hace… es porque él mismo no ha descubierto las razones inconscientes por las que lo hace.

Todo lo cual no es otra cosa que el traslado al Espíritu de la Ley de la Causalidad, perfectamente válida para el Mundo y la Naturaleza, pero que nada tiene que ver con Lo Humano. Es la creencia de que también en la Conciencia, Alma o Espíritu rige la idea de que “no hay efecto sin causa”. Es la forma en la que nuestra Cultura nos impide comprender que el Espíritu nada tiene que ver con el Mundo o la Naturaleza. Con ese Mundo y esa Naturaleza en los cuales se centró todo el “saber” occidental, desde Parménides hasta Heidegger. Es nuestra imposibilidad de comprender que no se necesitan razones para respetar, amar o identificarnos con los demás, que podemos respetarlos, amarlos o identificarnos con ellos, aunque ellos no nos respeten, no nos amen o no se identifiquen con nosotros.

Es esa poderosa frase que Mel Gibson, en La Pasión de Cristo, pone en boca de Jesús y que resume la esencia de Lo Humano: “Amar al que te ama no tiene ningún mérito”. Amar, cuando tienes razones para hacerlo (que el otro te ame o te trate bien) no es lo que define al Espíritu. Lo que realmente nos pone ante la condición humana, es el poder imponernos nuestros sentimientos, el Bien, la Justicia o la Piedad, a partir de la Nada. Que no es otra cosa, como veremos más adelante, que ¡¡la Noción de Dios!! La Relación con el Otro, en palabras de Martín Buber; o, más poderoso aún, El rostro del Otro, al decir de Emmanuel Levinas(5).

6.- Lo Racional, lo Irracional y lo Arracional.-

Menos anecdótica o metafóricamente que con la fábula del Asno de Buridán, el problema crucial de la relación entre Libertad, Racionalidad y Toma de Decisiones, puede ser abordado mediante esas tres palabras: lo Racional, lo Irracional y lo Arracional. Porque otra manifestación lamentable de Nuestra Cultura es habernos hecho creer que lo Racional y lo Irracional eran excluyentes, que no había entre esos dos términos, la posibilidad de un tercero (que estos estaban excluidos), es decir, que se trataba de una rigurosa estructura lógica, según la cual, ¡¡lo que no es Racional, por definición (y “por supuesto”) es Irracional!! Otra vez “la torta”.

De allí la profunda incertidumbre que se nos produce, en la medida en que empezamos a descubrir que cuando estamos ante una verdadera Decisión, esto es, cuando con exactamente las mismas razones, el mismo contexto y “todo lo demás igual” ¡¡podemos tomar una decisión (matar, abortar o mentir) o exactamente la contraria!! Esto es, que la Decisión que adoptemos no será ni racional ni irracional (ni tampoco “todo lo contrario”, si se nos permite el viejo chiste tonto). Porque con las mismas razones podemos hacer una cosa o exactamente su opuesta. No es la Razón la que nos guía, pero tampoco atentamos contra ella(6).

Aparece así una fascinante Fisura en la Realidad, en el Mundo que desde Parménides se nos enseñó a considerar como UNO, como plenamente reductible a la UNIDAD, concebido todo como El Ser, sin atisbos del No Ser. Era –antes de la Fisura– la posibilidad de establecer relaciones inequívocas entre todo lo existente. Esa Fisura le abre espacio al No Ser, a la Nada, a una Nueva Realidad, la que emerja de la Decisión (sea ésta la que fuere: matar o no, abortar o no, mentir o no). Una Nueva Realidad que no puede ser deducida, ni siquiera conectada, con la Anterior a la Toma de la Decisión. Porque dicha Nueva Realidad, no emerge de la  Anterior, ¡¡sino que surge estrictamente de la Decisión que se tomó!! Cosa que resultará obvia si nos percatamos que con la misma Realidad Anterior puede surgir una determinada realidad ¡¡o exactamente la contraria!! Luego, la “razón” de la Nueva Realidad no es la Anterior sino la decisión que se tomó. Es el mundo de lo que podemos llamar Lo Arracional; la esfera de la Libertad que se constituye estrictamente a partir de nuestro Espíritu y no a partir de la Realidad, la Naturaleza, la Causalidad o la Racionalidad.

Es el “mundo” de la Moral, pero no entendida ésta tampoco en esa versión cómoda que –¡¡otra vez!!– nos ha inculcado Occidente. Es una visión de la Moral mucho más compleja que la versión light que de ella nos han sembrado: ese dogmita según el cual, cuando estamos ante un Dilema Ético no tenemos más que apelar a nuestros valores y… zás, todo estará resuelto. Nuestros valores nos indicarían qué hacer. Y es entonces cuando empezamos a intuir que todo ello no tiene mucho que ver con los complejísimos problemas éticos o existenciales que se generan en nuestro Inescrutable Espíritu. ¡¡Que sólo estamos ante un verdadero Dilema Moral, cuando con los mismos valores podemos asumir una posición… o exactamente la contraria!! Lo ya señalado: perdonar o no una ofensa, ser solidarios o no, ser dignos o no. Y que ésta es, otra vez, la Fisura por la cual se nos escurre o disuelve Lo Humano. La posibilidad de asumir una Posición o una Decisión que no tiene nada que ver con nuestra condición moral, que nos coloca ante la tragedia infinita de la incognoscibilidad o irreductibilidad de Lo Humano; el misterio aterrador del Espíritu. Una Infinitud (o Incomprensibilidad Infinita) ante la cual sólo tiene algún sentido echar de reojo –muy discretamente, eso sí– una miradita hacia la Noción de Dios.

7.- El Oscurantismo de la Razón.

Vale la pena destacar como subtítulo esta idea: El Oscurantismo de la Razón. Que no pretende ser tremendista o desconsiderado, sino sólo llamar la atención sobre un hecho esencial: La Modernidad, el Iluminismo, la Ilustración o como se quiera llamar a esa época, logró sin duda erradicar el lamentable oscurantismo que reinó en la Edad Media: ese caudal de dogmas que eran Verdad sólo porque La Dogmática así lo decía. La discusión se abrió fertilísima, pero se mantuvo un dogma, uno solo, el que Platón y Aristóteles habían instituido: que la Razón –ella sí– podía permitirnos el acceso a la Verdad. Faltaba todavía mucho para que Nietzsche nos mostrara la única “verdadera” terrible “Verdad”: que Sócrates, embaucado por Apolo, había dejado de lado a Dionisos y había supuesto que la Razón podía imponérsele a las pasiones, los sentimientos, las emociones, la profunda animalidad que nos domina y, sobre todo, a la dimensión moral humana, ¡¡poderosamente inclinada hacia el Mal!!

Pero –mucho más contundente que todo lo que Nietzsche dijo contra la Filosofía– faltaban aún dos siglos para que Wittgenstein afirmara que “Todas las proposiciones de la Lógica son tautológicas”, es decir, que la Razón no nos dice nada sobre el Mundo, sino ¡¡sobre las premisas de las cuales ella parte!! Esto es, que nada de lo que aparece en la conclusión de un razonamiento podía no estar en las premisas. Otra de esas frasecitas de Wittgenstein que bastaría, otra vez, ella sola, para acabar con toda nuestra Cultura.

Pero Nietzsche, Wittgenstein, Heidegger y todos los demás, no hacen sino desarrollar el titulo de la obra de Schopenhauer, El mundo como representación y voluntad. El pensamiento racional de ninguna manera, como ya dijimos, capta al Mundo “tal como éste es”, sólo logra captarlo a partir de –o en relación a– las premisas que asume. Faltaba un siglo adicional para que Tomas Kuhn, a través de la poderosa idea de Paradigma, mostrara que no sólo las verdades de la Lógica son tautológicas, sino que las de las Ciencias Duras más duras son relativas a los supuestos, premisas o enfoques, de los cuales parten. En síntesis, que sea en el plano lógico o en el científico, sólo tenemos del Mundo y de la Realidad representaciones.

El Oscurantismo de la Razón es ese desbordado optimismo que llevó a la Modernidad a pensar que el Conocimiento, la Educación y la Ilustración podrían hacernos mejores como seres humanos. Esa aberración que aún hoy se siente en nuestra cultura y según la cual el simple hecho de tener mayores conocimientos nos eleva moralmente. Un error que Descartes y Hume plasman “maravillosamente” de manera por demás lamentable. Ellos dos, respectivamente, los dos más grandes exponentes del Racionalismo y del Empirismo, las dos corrientes de pensamiento sobre las que se constituyó la Modernidad.

Veamos primero dos citas de Descartes que resumen brutalmente el mencionado Oscurantismo de la Razón: “Así pues, si alguien quiere investigar seriamente la verdad de las cosas… que piense tan solo en incrementar la luz natural de la razón… para que en cada circunstancia de la vida, el entendimiento muestre a la voluntad qué se ha de elegir”(7). “Mas de todo esto se ha de concluir, no ciertamente que se han de aprender sólo la Aritmética y la Geometría, sino únicamente que aquellos que buscan el recto camino de la verdad no deben ocuparse de ningún objeto del que no puedan tener una certeza igual a las de las demostraciones aritméticas y geométricas”(8).

Pero mucho más contundente que Descartes (en cuanto al Oscurantismo de la Razón) es el siguiente pasaje de David Hume, cosa por demás comprensible por su condición de empirista: “No puedo dejar de añadir una observación que puede ser de alguna importancia. En todo sistema moral de que haya tenido noticia, he podido siempre observar que el autor sigue durante cierto tiempo el modo de hablar ordinario… y, de pronto, me encuentro con la sorpresa de que, en vez de las cópulas habituales de las proposiciones: es y no es, no veo ninguna proposición que no esté conectada con un debe o un no debe. Este cambio es imperceptible pero resulta de la mayor importancia. En efecto, en cuanto que este debe o no debe expresa alguna nueva relación o afirmación, es necesario que ésta sea observada y explicada y que al mismo tiempo se dé razón de algo que parece inconcebible, a saber: cómo es posible que esta nueva relación se deduzca de otras totalmente diferentes. Pero como los autores no usan por lo común de esta precaución, me atreveré a recomendarla a los lectores: estoy seguro que una pequeña reflexión sobre esto subvertiría todos los sistema de moralidad, haciéndonos ver que la distinción entre vicio y virtud, ni está basada meramente en relaciones de objetos, ni es percibida por la razón”(9).

Es la fuerza imponente del Escepticismo que desde siempre, desde Grecia y Roma, le había negado al Ser Humano la posibilidad de comprender nada. La Razón no puede establecer la diferencia entre el Vicio y la Virtud, ni puede establecer ninguna conexión entre la Realidad (el Ser) y la Moral (el Deber Ser). El Ser Humano se quedaba, ya allí, en 1750, aferrado a la Nada. ¡¡130 años antes de que Nietzsche instituyera el Nihilismo!!

 

8.- Nuestra capacidad para Crear la Belleza… ¡¡pero no para Crear el Bien!!

Por otro lado y estrechamente relacionado con todo lo anterior, cabe destacar un elemento o tema que aquí sólo podemos asomar, pero que tiene una inmensa importancia a los fines de abordar la escasa comprensión de lo Humano que nuestra cultura ha alcanzado: ¡¡la manera fascinante en que el Renacimiento y la Modernidad exaltaron la Estética frente a la Ética!! Sin duda, en alguna medida, porque a ésta se la suponía adosada o supeditada a la Razón y a aquélla, a la Estética no, lo cierto es que el Arte recibió un impulso formidable, en tanto que la Ética –como diría María Zambrano– “se quedó a vivir en los arrabales”.

Pero lo que más nos interesa destacar de la primacía de la Estética sobre la Ética es la comprensión por parte de Occidente de que los Humanos tenemos la posibilidad de Crear en el plano de la Estética, es decir, que tenemos la posibilidad de Crear la Belleza. Se seguía considerando al arte como una reproducción de la Realidad… pero ya estaba en el ambiente la noción de que a la Belleza se la podía Crear. Eso que lamentablemente –¡¡hasta el día de hoy!!– no ha ocurrido con el Bien. Uno de los cambios más importantes que –a partir del siglo XXI– podrían preverse en la comprensión de Lo Humano es ese: después de 2.250 años de creer que la Ética estaba adosada a la Razón (nos referimos desde Parménides hasta Hume), con esta agudización profunda de la crisis que vive la Humanidad, es posible que empiece a plantearse que así como el Espíritu Humano puede Crear la Belleza, puede también Crear el Bien. Que no tenemos por qué sentarnos pasiva y pacientemente a esperar que éste brote de nuestro Espíritu, sino que nosotros podemos Crearlo.

Éste es –sin la menor duda, para nosotros– uno de los hechos más importante que podría ocurrirle a la Civilización Occidental: la comprensión definitiva de que la Moral y el Bien no son Realidades que están de manera natural en el Hombre, sino que pueden ser Creadas, pueden ser puestas allí, conscientemente, por él mismo.

9.- De cómo, para ser Ético, se requiere tener Poder.

Si concebimos a la Moral, no como una condición natural del Ser Humano, no como algo que “está en nosotros”, y que brota de “nuestro propio Ser”, sino como una Condición Activa de la Conciencia o la Voluntad, que hay que imponerle al Espíritu; y, sobre todo, si no se trata simplemente “Tener Valores”, sino de hacerlos valer cuando las realidades externas atenten contra ellos (porque en última instancia todos tenemos valores y de lo que se trata es de asumirlos cuando las presiones externas le son adversas); cuando concebimos la Ética de esta forma, entonces el comportarnos moralmente requiere de algún tipo de Poder… aunque sólo sea, en el menor de los casos, el Poder de nuestro Espíritu para imponernos nuestros valores.

Pero más allá de esta esfera de lo individual o personal, lo que nos interesa destacar es que mientras más Poder tiene un Ser Humano dentro de la sociedad –poder político, económico, jurídico, social, militar, etc.– más posibilidades tendrá de actuar moralmente. ¡¡Y de ello depende, en lo esencial, la posibilidad de pensar seriamente una Propuesta de Sociedad, capaz de hacerle frente a la crisis que vivimos!! Porque sólo en la medida en que los poderes reales dentro de una sociedad (o, más exactamente, las personas que los conforman) capten sus posibilidades de influir moralmente, sólo en la medida que cobren conciencia de su Empoderamiento, podrán contribuir a la creación de una Visión Compartida de País.

10.- El Ateísmo y la Noción de Dios, por un lado y el Bien, la Justicia y los demás valores, por el otro.

Todo lo cual nos conduce ineludiblemente –¿cómo evadirlo?– al problema de la Religión y de Dios: ¿Se puede, en verdad, ser Ateo y Ético al mismo tiempo? Evocando la ingeniosa y simpática Apuesta de Pascal(10) podría decirse que sí… pero que el esfuerzo que hay que hacer para lograrlo, para desarrollar tu Espiritualidad y mantener tus valores sin una ayudita externa, trascendental o sagrada, es tan desproporcionadamente grande, que… más nos vale creer en Dios.

Porque el problema real (mucho más allá de la evocación anecdótica de Pascal y su Apuesta) es que Occidente –después de las arremetidas ateas de la Modernidad y de los desplantes de Nietzsche acerca de la Muerte de Dios– no se ha vuelto a plantear seriamente ese problema (me refiero a un nivel intelectual elevado(11), más allá del Ateísmo convencional), ni ha vuelto a reflexionar sistemáticamente sobre la Ética y los Valores. Heidegger no es un caso aislado. Después del rotundo fracaso de Kant y de Hegel, el problema de Dios y de la moral entró en una profunda hibernación de la cual apenas –en los últimos 20 o 30 años– empieza a salir; y no fue por azar o por falta de intelectos elevados, como ya dijimos, sino ¡¡porque la quiebra rotunda de la Razón tornó casi imposible abordar dicho problema!!

Y esa es una de las tesis centrales de esta ponencia: después de la debacle de la Cultura Occidental de los últimos 400 años, no tenemos mayores posibilidades de reconstruir nuestra esfera Ética que no sea el Replanteamiento de alguna variante de la Noción de Dios. Porque miles de años después que los primeros primitivos de la Edad de Piedra empezaron a plantearse dicha Noción, para encontrarle alguna explicación al Mundo y algún sentido a sus vidas; después que la ciencia ha “demostrado” que no puede encontrarle solución a esos problemas(12); después de todo ello, decíamos, empezamos a descubrir –aterrorizados– ¡¡que no tenemos una posición muy superior a la de los primitivos más antiguos, a la hora de comprender el Mundo y, sobre todo, a nuestro Espíritu, y mucho menos aún a la hora de encontrarle algún sentido a la vida!!. Y empezamos a vislumbrar que algo de razón había en las explosiones místicas de Wittgenstein, al afirmar que Dios era, simplemente, “el encontrarle algún sentido a la vida”. Tan inaccesible o imposible es ese sentido, que el alcanzarlo se coloca en una especie de “más allá” de todo lo que nuestro Espíritu puede lograr. Es, en su plenitud, la misma esfera de Lo Sagrado –inaccesible, indescifrable, inescrutable etc.– que desde siempre las religiones postularon. Por más que ellas lo hicieran a partir de Dios y nosotros debamos hacerlo a partir de la aterradora noción de la Nada. Para ponerlo más provocadoramente: tan inaceptable es para un ateo creer en Dios, como endeble es creer que sin dicha noción se le pueda encontrar algún sentido a la vida(13).

11.- La versión ingenua versus la versión absolutamente inescrutable de Dios.

La necesidad ineludible de encontrarle Fundamentos a la Ética(14) y, más aún, a Lo Humano, nos obliga a plantearnos el problema de Dios, lo Trascendente, lo Sagrado o como querramos llamar a dicho Fundamento. Y ante un problema tan peliagudo, queremos hacer sólo dos breves consideraciones.

La Primera: La necesidad radical de diferenciar entre dos visiones o versiones de la Noción de Dios. Una ingenua que asume que Él es un ente personal y antropomórfico, que creó una infinitud de mundos infinitos, la inagotable extensión del Universo; que castiga y perdona nuestros pecados, está pendiente de cada uno de nosotros, etc. La otra versión o visión de Dios, la inescrutable, es la Infinitud absoluta, inagotable y totalmente incomprensible, de los “Infinitos Universos” que conforman el Cosmos; esa Infinitud que la Ciencia jamás podrá explicar o descifrar, más que de manera parcial (precisamente porque se trata de un Infinito); todo ello, mas la otra cara de la moneda, mucho más compleja: la Infinitud absoluta inagotable y totalmente incomprensible de nuestro propio Espíritu, la que –mucho menos– jamás lograremos conocer (¡¡porque es un Infinito mucho más fluido, etéreo e impermanente que el Infinito del Mundo!!).

Frente a la versión ingenua de Dios es muy fácil ser ateo. O, visto al revés, y como ya señalamos, el ser Creyente en ese sentido es por demás ingenuo. Frente a la Versión Inescrutable, infinita inaccesible y absoluta de Dios, carece por completo de sentido ser ateo. Porque, por mucho que nos lo repitamos –que somos ateos– para mantener nuestra Identidad o Dignidad, ello no nos aliviará en lo más mínimo la angustia, incertidumbre y disolución abismal que nos produce esa Realidad Infinita… o simplemente la Nada, el Vacio Radical, inefable o insondable, que es nuestro Espíritu. Una Realidad, respecto de la cual carece por completo de sentido el creer o no creer, simplemente ¡¡está allí!! Y se conecta, querámoslo o no, con el Espíritu… y lo rebasa, lo condiciona, nos impone el debilitamiento o fortalecimiento del alma.

La Segunda: Que asumido Dios como ese Infinito-Absoluto radicalmente inescrutable ¡¡que está en nosotros y al mismo tiempo está en el Universo!!, carece por completo de sentido la ancestral deferencia entre se ateo y ser creyente, budista, taoísta, místico, panteísta, santero o lo que sea. Porque en cualquiera de dichos casos, por mucho que se dedique uno intensamente a cualquier tipo de meditación, la Angustia y el Sinsentido de la vida –mas allá de nuestras ilusiones, repito– serán exactamente los mismos. Creer o no creer en Dios es tan consistente o inconsistente como buscar fundamentos en Sí Mismo, en nuestra Conciencia, en el Humanismo, en “la Vida”, “el Amor”, la Tasa de la Ganancia, la Rentabilidad o el Sexo; o, peor, en la sugestiva Voz Interior, que algunos suponen que les habla. Es como dice el viejo tango Cambalache, síntesis profunda de Lo Humano: “Todo es igual nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor”. La tragedia (o la comedia) de la vida humana es tan profunda e inaccesible para nuestra mente racional limitadita, igual cuando se cree en Dios que cuando no se cree en Él(15). Por mucho que, como dice Martín Buber, “Dios es nuestra relación con el Otro”; o, como dice Emmanuel Levinas, “Él es, también, el rostro del Otro”.

Ese “Otro” y esa “Relación con el Otro o con su Rostro”, que es aún más abismal o inextricable que la ya abismal e inextricable “Relación con Uno Mismo”. Porque basta que dos Espíritus entren en contacto, para que se active una síntesis de relaciones entre entes inescrutables que convierte a las realidades espirituales en realidades infinitamente más complejas que todo lo que cada una de ellas es individualmente. Que es lo que hace tan difíciles las relaciones humanas, desde la simple pareja, hasta la Nación –¡¡y la Globalización!!– pasando por la familia, el partido político, la empresa, la Asociación Civil, la economía, la política, el derecho o el Estado.

12.- El Existencialismo y –frente a la Razón– el “Aprender a Pensar”.

La Quiebra Radical de la Filosofía Occidental que, como vimos, se concreta en Kant y finalmente en Hegel, tiene un primer momento virulento en Nietzsche, el Irracionalismo y el Nihilismo. Fue, y vale la pena recordarlo de vez en cuando, el triunfo final del Escepticismo que, desde la Antigüedad, había venido llamando la atención sobre la inconsistencia y superficialidad del Conocimiento Racional. Pero en Nietzsche la clarificación desoladora de las profundas limitaciones de Lo Humano, estaba muy cargada de ese Ateísmo Ingenuo, ya aludido y, sobre todo, del profundo resentimiento y visceralidad del autor del Zaratustra, que tiende a envenenarnos el alma.

Más que el Nihilismo o el Irracionalismo, más que esa apelación a Dionisos, a lo Natural y a Lo Animal, nos interesa enfatizar la otra gran vertiente del pensamiento en la que desemboca la Quiebra de Occidente y de la Racionalidad: el Existencialismo y, más aún, el Existencialismo Cristiano. Heidegger, en ese sentido –y a pesar de sus profundas limitaciones– cobra una gran importancia para nosotros. Y, con más razón, Jaspers, Marcel y todos los esfuerzos que posteriormente se hicieron para enfatizar la evidente (y fertilísima) conexión entre el Existencialismo y la Religiosidad.

El aspecto esencial del Existencialismo, que destacamos a fin de conectar con una Visión Compartida de País, –es decir, con la inviabilidad profunda del Comunismo y la necesidad de insuflarle un contenido ético al Capitalismo y a la Globalización– es la Impermanencia radical de toda la realidad, del Mundo, pero sobre todo del Espíritu. La necesidad de trascender la presunta captación que el Concepto y la Razón hacen del Mundo ¡¡y, mucho más aún, la falsa captación que hacen del Espíritu!! Es esa visión grandiosa de Heidegger del Espíritu Humano como una “Pura posibilidad de Ser”, como un ente que no tiene ningún Ser. Es la liquidación de la Ontología, por mucho que él siga aferrado a ella y pretenda rescatar la Noción de Ser. Es lo que Antonio Machado capta mucho mejor que el filósofo alemán y pone en versos inolvidables: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar” o “Todo pasa y todo queda pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar”.

Es, finalmente, lo que el propio Heidegger plasma en su libro ¿Qué significa pensar?(16). En él llama la atención acerca de la inmensa tragedia de Occidente que aquí hemos comentado: pensar racionalmente es castrarse, es limitarse a captar la Realidad Definida, es decir, troceada, mutilada, abstracta… a partir de supuestos. ¡¡No es el proceso Interminable, Impermanente e Incognoscible, en el que la Existencia se va conformando!!  Que es lo que Emmanuel Levinas, discípulo de Heidegger, logra plasmar en el título de un libro suyo (y, por supuesto en el libro) que sintetiza tanto el agotamiento de la Civilización Occidental, esto es, de la noción de Ser, como la búsqueda de una salida: De otro modo que Ser o más allá de la Esencia(17). Es esa idea maravillosa (que Levinas no logra cuajar del todo), según la cual si queremos entender Lo Humano hay que prescindir de la idea griega del Ser, porque en el caso de nuestro Espíritu lo que interesa no es su Ser, ¡¡que no existe!! sino nuestra posibilidad de crearlo o, mejor sería decir, de creárnoslo.

 

13.- El crecimiento espiritual de la Persona Individual frente a la imposibilidad de incidir sobre el Género o la Especie.

La apelación al Existencialismo nos permite hacer un planteamiento central que, de otra forma –o sea, en un enfoque racional– resultaría inconsistente o contradictorio: ¡¡No tenemos mayores posibilidades de influir sobre el Género, la Especie o la Naturaleza Humana, pero tenemos una posibilidad cierta de transformar y hasta de Crear nuestro Espíritu Individual. En otras palabras, en cada instante de nuestra vida podemos influir sobre nuestra Existencia, es decir, sobre la infinita Posibilidad de Ser de nuestro Espíritu. El Asno de Buridán conforma su vida (¡¡logra sobrevivir!!) en ese instante maravilloso en el que decide comerse al menos uno de los dos haces de heno… pero la próxima vez que se le presente la disyuntiva volverá a estar indeciso. Los seres humanos somos ligeramente superiores, pero igual, la Existencia, esto es, nuestra existencia individual no logra conformarnos el Ser. Seguimos siendo exactamente los mismos en el plano espiritual –como Especie, insisto– por mucho que cada uno de nosotros piense que espiritualmente ha avanzado.

Pero lo que de todas formas nos interesa a los fines de aportar a una Visión Compartida de País, es la certeza de que cada político individual, cada empresario capitalista individual, cada obrero, gerente o ejecutivo, profesor universitario, policía, jurista o psicólogo, individualmente, sienta y sepa que puede ser un Ser Humano mejor, que puede influir radicalmente sobre su propio Espíritu, que puede crearlo, con la misma fuerza –¡o una muy superior!– que un artista crea la Belleza(18). Todo lo cual no pasa de ser una versión más de esa vieja y manida historia del hombre que cuando joven quería cambiar a la humanidad y se dio cuenta de que era imposible; un poco más avanzado en edad quería cambiar a su país y se dio cuenta de que también era imposible; ya entrado en años quería cambia a su familia y ya muy viejo cayó en cuenta de que lo único que sí podía era cambiarse a sí mismo.

14.- El Comunismo, la Plusvalía y las Relaciones Sociales de Producción.

Imposible terminar una Ponencia acerca de la posibilidad de una Visión Compartida de País para Venezuela, sin al menos dos reflexiones sobre el Proyecto Neocomunista (o Socialista del siglo XXI) que se cierne sobre Venezuela. Dos alusiones a la conexión entre dicho Proyecto y la Ideología que –según el propio Chávez– le sirve de fundamento: el Marxismo.

Una es la infantilidad radical de Marx, al menos en su concepción de la Economía o del Desarrollo de las Fuerza Productivas, el supuesto fundamento de la política, el derecho, la revolución y la liquidación de la Propiedad Privada. Es hasta cierto punto comprensible que cuanto Marx escribe el tomo I de El Capital, su obra cumbre, en 1867 (es decir, antes de que los economistas neoclásicos desarrollaran la teoría económica que puso en claro que el valor de las mercancías depende de su escasez relativa y no de sus costos), era previsible en aquella época, decíamos, que a alguien le pasara por la cabeza la Teoría del Valor Trabajo, es decir, la peregrina idea de que la fuente del valor de los bienes (¡¡y la fuente exclusiva, además!!) era la “cantidad de trabajo” que cada mercancía contenía.

En 1867, antes de los Neoclásicos, en alguna pequeña proporción era comprensible el pensar así; pero que en el siglo XXI ningún intelectual marxista se haya atrevido a decirle a Chávez que dicha Teoría del Valor Trabajo es una estupidez –así como lo son las otras dos teorías que se fundan en ella: la de la Explotación del Hombre por el Hombre y la de la Inevitabilidad de la Lucha de Clases– ya no es tan comprensible. Hoy es evidente que lo esencial del Marxismo y de la Teoría Revolucionaria que desde él se postula, están montados sobre una inmensa coba, sobre una mentira pueril.

La otra reflexión: Marx y Nietzsche fueron contemporáneos y los dos incidieron poderosamente sobre el futuro de la Humanidad. Con una pequeña diferencia: Marx no entendió nada y Nietzsche lo entendió todo. Marx se quedó atrapado en la endeble filosofía hegeliana, en tanto que Nietzsche enterró completa a la Filosofía Occidental y le abrió las puertas a un renacer del Pensamiento. Marx comprendió (en su ya mencionada Onceava Tesis sobre Feuerbach), que de lo que se trataba era, no de captar filosóficamente al mundo, sino de transformarlo; pero en realidad ¡¡no comprendió nada!! Porque no captó lo que Nietzsche, con creces y profusión, captó: la profunda dificultad de que con estos hombres tan limitados, se pudiera ir muy lejos. Marx pensaba que todo se arreglaría cambiando las Relaciones Sociales de Producción –y muy especialmente la Propiedad Privada– para luego cambiar las superestructuras. Nietzsche comprendió que de lo que se trataba era de cambiar en alguna pequeña medida las condiciones espirituales del Ser Humano.

15.- El Capitalismo Solidario.

Que es precisamente nuestra breve nota final: No habiendo más que dos alternativas para la Humanidad –el Comunismo y el Capitalismo– y siendo el Comunismo radicalmente inviable; la única salida que nos queda, “a precios de hoy”, es el Capitalismo. Pero éste, a su vez, difícilmente podrá sobrevivir si no se transforma profundamente en el plano moral. El Género, la Especie y la Naturaleza Humana son éticamente inmodificables, pero cada uno de nosotros, los que conformamos a la sociedad (y sobre todo, los políticos, empresarios, juristas, técnicos, científicos, maestros, gerentes, obreros y empleados) todos tenemos una posibilidad infinita de influir individualmente sobre nuestros Espíritus y de ser considerablemente mejores seres humanos. gomezemeterio@gmail.com

 

NOTAS.-

1) El Pienso, luego Existo, de Descartes, que pone en la Subjetividad Humana –y no en el mundo– el eje básico de constitución de la sociedad y del hombre. Se le llama cartesiano porque el nombre latino de Descartes era Cartesius; y por la estrecha analogía que guarda con el Giro Copernicano, que en la astronomía había sustituido el enfoque geocéntrico por el heliocéntrico.

2) Recomiendo la lectura de un libro clave para introducirse en todos estos problemas: El Mal Radical, Una indagación filosófica. Richard Bernstein, Editorial Lilmod.

3) Juan Buridán (1300-1358), rector de la Universidad de París, supuesto autor de la fábula.

4) En todo lo cual subyace una aberración que le carcome el alma a Occidente: es muy frecuente escuchar que alguien, ante estos problemas, nos diga: “Pero eso no puede ser, esas situaciones de perfecta indecisión que tu supones, simplemente no existen, ¡¡eso es irracional!! Nadie, continua el crítico –a menos que sea un asno– puede estar perfectamente indeciso entre dos alternativas, siempre tiene que haber alguna razón o preferencia que nos incline por alguna de las dos soluciones. Porque si no, te repito, sería irracional; simplemente, puede que uno no haya descubierto esa razón última… y salvadora, pero no puede ser que no la haya”.

5) Martín Buber y Emmanuel Levinas son dos pensadores judíos, vitales para aproximarnos a estos problemas.

6) Olvidamos mencionar en la sección anterior, que ciertamente no existe algo así como una Decisión Racional, pero que sí, obviamente, hay Decisiones Irracionales. Cuando lo decidamos podemos ponernos brutos o necios y optar estúpidamente contra la Razón. Es perfectamente posible tomar decisiones contra la Razón, pero no es posible tomarlas a favor suyo. Simplemente porque en este caso no serán Decisiones sino Deducciones.

7) René Descartes, Reglas para la dirección del Espíritu. Alianza Edit. pág. 66.

8) Obra citada, página 72.

9) David Hume, Tratado de la Naturaleza Humana, Edit. Tecnos, págs. 633-644.

10) Blaise Pascal (1623-1662). Científico y filósofo francés, uno de los inventores del Cálculo de Probabilidades, aprovechando el cual diseñó una simpática Apuesta destinada a forzar un poco la creencia en Dios: “La posibilidad de que Dios exista es ínfima; pero si atentas contra Él, el castigo que te espera cuando mueras, por la Infinitud de la Eternidad, será tan inmensamente grande… que es mejor creer en Dios”.

11) Un ejemplo arquetípico de ello es Heidegger, sin duda la mente filosófica más elevada del siglo XX. En una extensísima vida filosófica activa nunca abordó explícitamente el problema de Dios… ni aun el de la Ética. Él es un magnífico ejemplo de ese sesgo de Occidente a favor la Estética y lejos de la Ética. Le dedicó esfuerzos filosóficos inmensos a la poesía de Hörderlin y prácticamente nada a la Moral.

12) Solemos citar otro fragmento contundente de Wittgenstein: “La ciencia nos resuelve todos los problemas que no tienen importancia”. Los del Espíritu, los únicos que tienen importancia, los que en última instancia cuentan, no tienen nada que ver con la ciencia.

13) O, más provocadoramente todavía: Como es tan absolutamente imposible que la vida tenga algún sentido (más allá, por supuesto, de nuestras ilusiones) creer o no creer que Dios pueda dárselo da más o menos lo mismo.

14) No puedo dejar de evocar la simpática idea, puesta de moda hará algún tiempo en las Ciencias Sociales, según la cual no había necesidad de encontrarle Fundamentos a nada, a ninguno de los procesos o conocimientos con los que dicha Ciencia trabajaba. Fue una idea simpática que nos permitió entender que no se trata de buscarle fundamentos a nada, sino de que la Condición Humana, requiere automáticamente de Fundamentos… Aunque estos sean simplemente la idea de que no se los necesita.

15) Y no importa mucho si aludimos a nuestra mente racional, ultra limitada o a todas las potencialidades que el Existencialismo, el Nihilismo o la Religiosidad pueden desarrollar en nosotros. Sólo nuestra dimensión Sagrada o Religiosa, ¡¡muy superior a nuestra capacidad de pensar!! puede hacer la diferencia.

16) ¿Qué significa pensar? Editorial Nova, Buenos Aires, 1958.

17) Ediciones, Sígueme, Salamanca, 1995.

18) He oído recientemente una expresión que ha sacudido toda mi visión de lo Humano, lo Espiritual y aún lo Religioso. Parodiando a la poderosa frase “No sé de nada que no sea un Milagro”, alguien ha dicho “No sé de nada que no sea Arte”. Una de esas ideas que ponen en evidencia de manera increíblemente sutil y simple toda nuestra incapacidad absoluta de entender racionalmente nada de Lo Humano.

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