No sé de nada que no sea un milagro


Un amigo muy querido reacciona frente a mi último artículo: “Llamar a los grandes filósofos tontones o zonzos no está bien, porque no es verdad; pero además, porque aunque fuesen provocaciones para generar polémica y obligar a la gente a pensar, si ello se logra, sería al precio de quedar muy mal ante la opinión pública. Sé que no vas a hacerme caso, pero es mi deber advertirte”.

Agradezco tu esfuerzo, pana, pero tal como presumes, no voy a rectificar. ¡Sobre todo, porque no son provocaciones! Creo ferozmente en lo que digo. Las palabras -zonzo o tontón- pueden suavizarse, pero el contenido puede endurecerse: ¡De Platón a Hegel no entendimos de qué se trataba! Lo que cada filósofo creyó que era LA VERDAD, la sublimeVERDAD, eran tan solo sus modestas opiniones. Desde el principio tomaron el camino equivocado: entre Parménides y Heráclito, se quedaron con aquél y rechazaron a éste: se creyeron el cuento de que el SER era lo esencial, ¡cuando el auténtico problema es el No Ser, la Nada! Se EMPERRARON neciamente en que lo esencial era lo permanente, definido, incontrovertible, racional, etc.; desechando como falso a lo impermanente, fluyente, controvertible o ARRACIONAL. Y después de 2.300 años (hasta Hegel y aún hoy) lograron que los occidentales tuviésemos esta visión abstracta, TEÓRICA y vacía que de la Realidad tenemos.

Platón se quedó lastimosamente anclado en el poderoso Teorema de Pitágoras: si asumimos los axiomas de la geometría, sus deducciones serán incontrovertibles. Había aparecido el FANTASMA DE LA VERDAD… y empezamos a pensar que para el Espíritu valía el mismo cuentico. Con su Teoría de las Ideas, Platón nos hizo creer que podíamos saber ineluctablemente (al estilo de Pitágoras) qué son la Justicia, el Bien, la Piedad o el Amor. Y -otra vez- nos llevó 2.300 años descubrir que esas supuestas verdades, esos conceptos o ideas, no pasaban de ser intuiciones, sentimientos, pasiones o (más inasibles aún) valoraciones morales. Nada mejor para captar la tragedia intelectual de Occidente que descubrir cómo aún hoy, a 150 años de Nietzsche (que acabó con la farsa) seguimos creyendo que las “verdades” o “realidades” espirituales más profundas -las que aún no se han conformado en ese fluir infinito y caótico que es la conciencia- pueden ser captadas por alguno de los Conceptitos que ya tenemos en nuestra CAJITA FELIZ de herramientas racionales. La Realidad espiritual es un fluir caótico… pero (¿cuál es el rollo?) nosotros tenemos nuestros cajoncitos abstractos para ENCASILLARLA.

Cuando se nos agotan esos CAJONES, Miguel, aparece la VERDADERA REALIDAD. No la teórica o racionalizada, sino la inaccesible, absolutamente ininteligible, insondable y misteriosa: Dios. Esa REALIDAD tras la cual -al apartar las ideas abstractas- descubrimos aquella vieja y hermosa frase: “No sé de nada que no sea un milagro”. ¡O esta otra, igualmente hermosa: “No sé de nada que no sea una obra de arte”! Que es tal vez, la forma más contundente de entender la pendejada del Pensamiento Racional: esa pretensión de aplicarle a la Estética la noción platónico-aristotélica -es decir, ¡zonza!- del Ser; el creer que podemos saber cuándo una determinada pintura, escultura, música o película ES arte. O, peor aún, el creer que los críticos de arte pueden saberlo. Una tragicomedia que termina en esa necedad según la cual todo lo que esté expuesto en el Louvre, el Moma o El Prado es por definición arte. Una cobota, frente a la cual sólo cabe repetir: Toda la realidad metaconceptual o sagrada es “por sí misma” estética.

Publicado por Emeterio el 8 de agosto de 2010, en El Universal, Notitarde y Los Andes.

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2 pensamientos en “No sé de nada que no sea un milagro

  1. Rubén E. Rodríguez M. dice:

    Hay que tener en cuenta que, como parte del hecho de avanzar, está el “desaprender” o sustituir una creencia por otra. Escribimos “creencia” ex profeso porque nuestro presunto saber es, en la mayoría de los casos, una simple creencia. El “saber” debería ser más bien una experiencia, esto es, haber vivido eso cuya teoría pasó primero por nuestra mente. Es normal ir “quemando etapas” que, vistas desde una nueva y más avanzada perspectiva, se nos antojan a posteriori “zonzas” o “tontonas”. Como ejemplo podríamos usar – sin ser muy prolijos y exponiéndonos a cierto lugar común – la “educación” preescolar y la “educación” primaria. Ponemos entre comillas la palabra “educación” porque, en realidad, ésta significa otra cosa: la sustituiríamos de muy buen grado por la palabra “instrucción”, pues de eso precisamente se trata. Aparte de este hecho semántico, que demuestra un “simple” enredo de categoría conceptuales, queremos llamar la atención de que ambos niveles de instrucción se toman a irrisión en cuanto ponemos el pie en niveles más altos. Pero, cuando los recorríamos, eran para nosotros “lo máximo”. Fueron escalones que debimos subir antes de llegar al lugar que ocupamos en la actualidad. Muchos de esos escalones eran endebles o estaban en ruinas, pero pasamos por ellos descuidadamente o con la debida consciencia – obteniendo un resultado acorde a nuestra acción – no siempre con ese afán de progreso que debería caracterizar a quien busca la verdad con el corazón amplio. Hacemos esta última acotación porque no siempre se busca la verdad sino que algunos están animados simplemente por el deseo de alimentar la vanidad con la creencia de que saben… No pretendemos criticar a nadie con estas líneas, sino tratar de destacar una acción habitual cuando llegamos a algún lugar dado: olvidamos con mucha facilidad el camino recorrido. Sabemos que las filosofías “se vencen” porque nuestra razón también es influida por la moda, pero ahora forman parte de un camino que – por lo menos a quien esto suscribe – harto ha demostrado que “no era la forma”. Como demostración basta con tener en mente las guerras, las hambrunas, las dictaduras y un amplio espectro de “cosillas” de tesitura un tanto negativa. Esto es de crucial importancia. El error enseña. Incluso más que el mismo éxito. Por eso no debemos olvidar que alguna vez también fuimos “zonzos” y “tontones”.

  2. Giuseppe Tulli dice:

    El problema del “ser” en Grecia (Platón, y sobre todo Aristóteles) es tratado como “episteme”, i.e., como “ciencia”, de allí que tenga que ser definido. De si se puede o no establecer una “ciencia del ser”, en el sentido aristotélico, es un tema abierto. Pedirle a una ciencia que no sea conceptual, y que sus objetos de conocimiento no sean definidos es además absurdo.

    Por otra parte, en el caso específico de Aristóteles con su única alusión a una “teología” del ser en el libro XII de la Metafísica (es decir, una mínima parte de la obra), no debiera asumirse de manera tácita la identificación de la metafísica griega con lo que normalmente entendemos por “religión” o “espiritualidad”. De nuevo, hablamos de una CIENCIA del ser, dejando abierto que pueda ser posible.

    Finalmente, ni la ética, ni el arte (como tampoco la religión), fueron asumida, por lo que entiendo (de nuevo por Platón y Aristóteles), como susceptibles de “episteme” o ciencia. La ética correspondería a la “praxis”, y el “arte” a mímesis de la acción.

    En fin, si es de “ciencia” o “episteme” (conocimiento demostrado o “propter quid”), necesariamente debemos buscar su definición, y de que pueda efectivamente darse una “ciencia del ser”, repito, es un tema abierto. Y no debe confundirse esto con “religiosidad” o “espiritualidad”, en donde, como en la ética y la éstética, los griegos jamás plantearon una posible “episteme”.

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