ENSAYO: ¿OLVIDO DEL SER U OLVIDO DE DIOS?


QUE ES LO HUMANO EN TI. EL OLVIDO DEL SER (WORD)

Emeterio Gómez

Febrero – Marzo 2012

a)  La idea básica.

Una vía más o menos rápida para captar lo esencial de la Filosofía Occidental y, mucho más importante aún, ¡¡para captar lo esencial de su fracaso!! es la noción o metáfora del Olvido del Ser de Martín Heidegger(1). Una idea que abruptamente podemos resumir así: ya en Sócrates, Platón y Aristóteles, los tres grandes fundadores del Pensamiento Racional(2) –nos dice Heidegger– ya en ellos, está presente la profunda deficiencia que, a lo largo de 2500 años, arrastrará e intentará superar dicha Filosofía; por supuesto, sin poder lograrlo. Al poner de manera radical (todo) el énfasis en los Conceptos o las Ideas, en alguna medida –paradójicamente– aquellos tres grandes pensadores ocultaban, condenaban al olvido ¡¡o distorsionaban!! la Realidad, el Ser… que dichos Conceptos o Ideas, por otra parte y sin ninguna duda, les ayudaban a conocer. Es decir, que toda la indudable potencia cognoscitiva de la Razón, la que nos permite captar conceptualmente el mundo, tiene esa considerable deficiencia: nos permite captarlo, al Ser –el Mundo o la Realidad– pero al mismo tiempo nos lo oculta, nos lleva a olvidarlo, ¡¡a sustituirlo por su versión o expresión lógica, abstracta o teórica!!

Es, para decirlo desde ya, una versión o una variante de la conocida confrontación entre “la Teoría y la Práctica” o entre “la Teoría y la Empiria o Experiencia” que afectará, debilitará o, peor aún, escindirá o desdoblará a la Civilización Occidental a lo largo de sus últimos 2500 años. Es esa Escisión crucial que llevará a dicha Civilización a vivir en dos planos muy distintos: uno en alguna medida artificial –por no decir falso–, el del Conocimiento o la Cultura, el plano de la Deducción, la Abstracción o la Representación y otro, el de la “Verdadera” Realidad, la Empiria o Experiencia, la Naturaleza, la Vida, lo Dado, lo Sensorial, Concreto o Intuitivo, la Práctica, etc. al que llamaremos de todas esas formas… y algunas otras. Entre ellas, preferentemente, La Existencia, el Mundo de lo Existencial, al que, por definición, no tenemos ninguna posibilidad de acceder teórica o cognoscitivamente; un Mundo al que sólo podemos sentir, intuir, vivenciar, palpar o, más simplemente, “vivir(lo)”. Trátase de la –mal llamada– Filosofía Existencialista que en cierta forma, es ya la Muerte de la Filosofía. Porque cualquier conocimiento teórico, abstracto o Re-presentativo de la Existencia es –repetimos– ya algo distinto de la Existencia. O, más exactamente, es ya una distorsión o, al menos, una versión de la Existencia ¡¡Porque en la medida en que me pongo a re-flexionar sobre un sentimiento, emoción, pasión, sensación, percepción o valoración moral, en esa misma medida me separo de la realidad que estoy –o estaba– viviendo; en esa misma medida “me la pierdo”; porque, en esa misma medida, ya no se trata de la Existencia o del Instante Existencial, sino de una versión, interpretación, opinión o conocimiento de dicha Vivencia o Instante Existencial!!

Es, para decirlo en términos un tanto procaces, pero muy contundentes en cuanto a trasmitir la idea: lo que ocurre cuando alguien se pone a reflexionar sobre el espectacular orgasmo que está teniendo y, en consecuencia, en alguna medida, ¡¡se lo pierde!! en alguna medida deja de disfrutarlo. Porque como diría Heidegger, en alguna medida “se olvida del Ser”, lo opaca, quita de él su atención para ponerla en el concepto que de inmediato se dedica a construir, en la interpretación teórica que de dicho orgasmo hace mientras lo está teniendo (“El mejor de mi vida” o, al menos, “Uno de los mejores” o, también, “Los he tenido mejores”). Cuando el susodicho finalice su esfuerzo teórico para compararlo de manera minuciosa con otros orgasmos, simplemente… éste, ya habrá terminado.

Es –para decirlo también de manera abrupta– la Filosofía Existencialista que sólo viene a aflorar con Kierkegaard, en el siglo XIX, no por casualidad después del desplome, desmoronamiento o quiebra profunda de la Filosofía Occidental con la desastrosa debacle del Pensamiento de Hegel. A partir del Existencialismo kierkegaardiano, del Vitalismo y el Nihilismo nietzscheanos, de la mística de Wittgenstein, de la lamentable Fenomenología husserliana y, sobre todo, del callejón sin salida y del miedo atroz de Heidegger a aceptar lo inevitable (la Muerte de la Filosofía); a partir de todo ello y de algunas otras ideas, decíamos, intentaremos desarrollar una Visión del Mundo, de la Vida y, sobre todo, del Espíritu Humano, centrada en la Existencia, en lo que consideramos la “Verdadera Realidad” y no en los Conceptos, Ideas, Teorías, Modelos, Esquemas o Paradigmas que intentan captarla(3).

Cáptese bien y refuércese esa idea heideggeriana del Olvido del Ser, porque ella es la clave de todo y, muy en particular, la clave para la comprensión del Fracaso Radical de la Filosofía: el Concepto, es decir, el instrumento básico que usamos para conocer, comprender, captar, descifrar, develar o desentrañar La Realidad o El Ser, al mismo tiempo nos oculta, distorsiona, enmascara, enmaraña o deforma dicha Realidad, dicho Ser. Heidegger lo plantea con un término más suave y casi poético: El Olvido del Ser. ¡¡Los conceptos –es decir, La Teoría– hacen que nos concentremos en ellos y nos olvidemos de las Realidades que ellos Re–presentan!! Realidades éstas a las que estaremos llamando (o adjetivando) de muy diversas maneras: empíricas, concretas, individuales, naturales, mundanas, existenciales, “reales”, específicas, etc. Y que constituyen, sin la menor duda para nosotros, la Verdadera Realidad. Porque la Realidad a la que el Concepto –es decir, la Razón– se refiere, la que aquél o ésta nos permiten captar, será siempre, por definición, abstracta, general, genérica o, simplemente, teórica; esto es, en alguna medida separada de la Realidad empírica, práctica o “de carne y hueso”, que tenemos por delante(4).

En cuanto digo “Esto es una silla” o “Aquello es un alicate”, ya allí mismo el daño está hecho; es decir: ya el énfasis está puesto, no en el Ente Concreto, no en la Realidad Empírica, no en esta silla individual o aquel alicate específico, a los que me estoy refiriendo (y a los que me quiero referir), sino que dicho énfasis recae en –o, mejor dicho, se desvía hacia– los conceptos “silla” o “alicate”. Ya, en ese preciso instante y sin darme cuenta, además, que es lo más grave, me estoy saliendo del Mundo Real Concreto (MRC) y estoy saltando hacia una especie de mundo de segundo nivel ¡¡en alguna medida artificial!! Estoy saltando al Mundo Conceptual Abstracto (MCA). Y uno de los problemas esenciales que confronta el Ser Humano (es decir, el comportarse como Humano, “la práctica” de lo Humano) y, sin duda, una de las expresiones más contundentes del fracaso profundo de la Filosofía Occidental, es que –de manera abrumadora– la mayor parte, el grueso de nuestro tiempo lo vivimos en el Mundo Conceptual Abstracto y no en el Mundo Real Concreto. Y, peor aún, mucho peor aún: que lo esencial de nuestras vidas se dirime, se procesa y se “define” en el Mundo Conceptual Abstracto y no en el Mundo Real Concreto; es decir, que en buena medida, ¡¡no vivimos La Vida, sino la Versión Lógica o Conceptual de La Vida!! No vivimos en la Realidad, sino en la expresión o versión racional de dicha Realidad. Y –por si usted lo está pensando, amigo lector– comprendemos perfectamente que cualquier pueda preferir vivir en este comodón Mundo Abstracto y no en el fastidio del Mundo Empírico. Es casi una cuestión de gustos.

Es esa impresionante o aterradora frase que dicen los pájaros en el hermoso poema de T.S. Eliot, Los Cuatro Cuartetos y a la cual nos estaremos refiriendo a todo lo largo de este libro: “Los humanos apenas pueden soportar unos instantes de realidad”. Porque de tanto operar con conceptos, ideas, nociones, categorías, esquemas, enfoques, teorías, paradigmas, interpretaciones o, simplemente, versiones de La Realidad… nos hemos olvidado de ésta “en sí misma”. Si pudiéramos prescindir por un instante de nuestra Caja de Conceptos (versión intelectual de lo que para un mecánico, artesano u obrero sería su Caja de Herramientas), nos sentiríamos –tal como dice Eliot en su poema– comprensiblemente aterrorizados. Mucho más, infinitamente más aterrorizados, por supuesto, que el mecánico al que se le quedó en casa su Caja de Herramientas.

El manejo de los conceptos Silla o Clavo, dice Heidegger, nos lleva a olvidarnos del Ser concreto o empírico de esta silla o este clavo, y a poner todo el énfasis y toda la atención en lo que esta silla y este clavo tienen en común con todas las demás sillas y todos los demás clavos que en el mundo existen. O sea, repetimos, nos lleva a poner el énfasis en el Concepto que le corresponde a Este Ser ¡¡y no en Este Ser concreto, individual, existencial o empírico!! Con una consecuencia crucial, que es lo que en última instancia cuenta: que al poner el énfasis en lo que este clavo tiene en común con todos los demás clavos, que es precisamente lo que el Concepto es o abstrae (porque abs-traer significa sacar-de, traer-de), obviamente, por definición ¡¡no puedo incluir en el Concepto de clavo, absolutamente nada de lo que es especifico de cada clavo concreto!! Tenemos que hacer un esfuerzo para vivenciar, internalizar, asimilar o “hacer carne” en nosotros, esta idea concretica referida al Concepto: que como él abstrae lo que es común a todos los individuos a los que él se refiere (a todos los alicates, las sillas o los clavos empíricos) no puede, obviamente –por definición– decirnos nada específico de ninguno de esos individuos. Estos pasan a un segundo plano, nos olvidamos de ellos. Es decir, la realidad pasa a un segundo plano respecto del Concepto, o sea, de la Lógica.

¡¡Cuestión ésta que no es demasiado importante cuando de clavos, alicates o sillas se trata, pero que pasa a ser esencial, esencialísima, cuando nos referimos a nuestros amigos, hijos, hermanos o, en general a los Seres Humanos!! O simplemente a los “compañeros de partido”. ¿Cuántas veces no nos hemos descubierto en la engorrosa o fastidiosa tarea de ponernos a tratar a todos nuestros amigos o a todos nuestros hijos por igual, de La Misma manera¡¡porque la Filosofía Occidental nos metió en la cabeza que El Concepto o La Lógica eran más importantes que las realidades empíricas concretas!!? ¿Cuántas veces no hemos sentido pena de tratar a un amigo mejor que a otros? Es decir: ¿cuántas veces no nos hemos quedado insensatamente con el Concepto (de Amigo) y no con este amigo concreto, de carne y hueso? ¿Cuántas veces –en ese terreno de los amigos o en otros mas delicados como el de los hijos– no nos hemos “Olvidado del Ser”, esto es, cuántas veces no nos hemos dejado chantajear por los respectivos conceptos y no le hemos prestado la atención que hubiésemos querido a un amigo o un hijo específico?

Basta –dicho sea de paso y por grotesco que pueda parecernos– con comparar un alicate con un hijo, para comprender toda la tragedia de la Filosofía y del Pensamiento Racional. Porque tanto aquélla como éste funcionan maravillosamente bien, cuando se trata de entes inertes o en todo caso naturales, en tanto que no funcionan para nada, o funcionan muy dificultosamente, cuando se trata de comprender a los seres humanos y, muchísimo más, al Espíritu Humano. Porque cuando nos referimos a alicates, clavos o sillas, pero también –aunque ya en menor medida– a iguanas, perros o chimpancés, el Olvido del Ser no importa mucho, es decir, la Filosofía y la Lógica funcionan maravillosamente bien. Porque, salvo por detalles técnicos, cualquier alicate da igual que otro. El concepto logra su plena vigencia. En cambio cuando se trata de seres humanos y más aun de Espíritus Humanos –es decir, excluyendo los páncreas, hígados e intestinos humanos–, el Olvido del Ser es gravísimo. Porque cada ser humano es distinto del otro y el concepto nos sirve de muy poco. (Después, a medida que cobremos confianza, diremos que “no nos sirve de nada”). Por todo lo cual, al final de este capítulo llegaremos a una conclusión esencial para todo nuestro planteamiento: ¡¡Que en el caso de Lo Humano Heidegger se equivocó, porque en dicha esfera en realidad no se trata del Olvido del Ser, sino de la incapacidad absoluta de que el concepto capte el Ser. De que no va a poder olvidarlo, simplemente porque nunca logró captarlo!!

b) ¿Qué pasa con el Olvido del Ser, cuando de lo más simple, inerte, material o natural pasamos a –o vamos hacia– lo más complejo, elevado, espiritual, vital, viviente o humano?

Porque cuando se trata de sillas, piedras, clavos, alicates o pedazos de madera, el problema del Olvido del Ser (individual o concreto), como acabamos de decir, no es tan grave; ¡¡cuando se trata de “seres” muy simples, inorgánicos o inertes, el uso de los conceptos no nos lleva a Olvidar mayor cosa!! Porque las diferencias entre las especificidades de una piedra y las de otra cualquiera (es decir, entre el Ser de una piedra específica y el Ser de alguna otra) no son significativas. Si excluimos el peso o la dureza, no es muy probable que alguien, a la hora de lanzarle una piedra a un animal para espantarlo, se ponga demasiado exquisito acerca de cuál piedra específica escoger. Porque todas ellas –mas allá de algunos rasgos, como el peso y la dureza– son exactamente Lo Mismo: otra expresión que la Filosofía acuñó para referirse al Concepto(5). El ser “Lo Mismo” o, si queremos una palabra más filosófica o simplemente más pedante: La Mismidad. No vas a perder ni un segundo pensando en cuál de todas las “Piedras Pesadas” (otro concepto) que tienes a la mano, le vas a tirar al bendito perro bravo para espantarlo. Si te pones a seleccionarla cuidadosamente –porque te tomaste en serio la idea de Heidegger de la necesidad de no Olvidar el Ser–, es muy posible que termines mordido o averiguando dónde puedes ponerte una vacuna contra la rabia.

En el caso de una piedra o de un pedazo de madera, decíamos, El Olvido del Ser –o sea, la brecha entre el Concepto y la Realidad, entre la Idea y la Cosa Empírica– no es muy grave, pero a medida que nos alejamos de esos entes simplísimos, inorgánicos e inertes y subimos por la escala del Ser hacia aquellos entes cada vez más complejos, orgánicos o dotados de vida, el abismo entre el Concepto y el Ser, entre la Lógica y la Realidad, se va haciendo progresivamente más amplio e importante. Para irnos de un solo golpe al otro extremo: las diferencias entre una piedra y otra no son muy importantes, pero las que existen entres dos seres humanos sí. A pesar de que también estos dos –de manera muy preliminar o “hasta nuevo aviso”– son exactamente Lo Mismo, porque los dos se ubican bajo el “Concepto” de Ser Humano. O, mejor dicho, bajo “algún” concepto de Ser Humano.

Con lo cual nos topamos ya –abruptamente y de una vez– con la pregunta clave de todo este asunto y de todo este libro: ¡¡¿Cuánto sentido tiene cualquier concepto de Ser Humano?!! Es decir, ¿cuánto de común, o en común, tenemos los seres humanos? ¿Es que de verdad tenemos algo en común? ¿Hasta qué punto o en qué medida, somos de verdad Lo Mismo; nada más y nada menos que Lo Mismo? ¿Y se tratara todo de un inmenso mal entendido en el que se nos ha hecho creer que todos pertenecemos a un mismo género, cuando no es en lo más mínimo así, cuando somos en realidad individuos absolutos, cuando no tenemos nada que en el fondo nos una; cuando sólo una muy fuerte educación nos hace muy medianamente tragables; cuando nuestros Espíritus no tienen nada que ver los unos con los otros; razón por la cual tendemos preferentemente a matarnos que a vivir en paz; a hacer trampas, cada vez que ello es necesario –o nosotros consideramos que es necesario–, en lugar de jugar limpio; como lamentablemente hizo el honorable juez español Baltasar Garzón, en cuanto el juzgó que le era necesario?

Y seguimos: ¿Podemos pensar o concebir Lo Humano de la misma forma en que pensamos o concebimos Lo Canino o Lo Felino, en el sentido de que todos los perros y todos los tigres tienen algo decisivo en ellos –su naturaleza más profunda, su esencia, “el Ser de Lo Canino” o  “el Ser de Lo Felino– que les es común y que termina imponiéndoseles? ¿Existe en los Humanos una naturaleza o esencia muy profunda, ubicada mas allá de nuestra capacidad volitiva, que termina imponiéndosenos; o somos más bien como sentenció Heidegger, una Pura Posibilidad de Ser; o, como preferimos creer nosotros, una Dimensión Moral que podemos imponerle a cualquier pulsión animal? ¿Podemos pensar o concebir Lo Humano de la misma forma que concebimos Lo Natural, dado que una piedra, un árbol, un páncreas y un perro son todos, sin la menor duda, entes naturales? Y, para asomarlo también de una vez, ¿son equiparables los conceptos de Lo Natural y Lo Humano? ¿Somos los Humanos tan exactamente Lo Mismo, como obviamente lo son los entes estrictamente naturales? Y, finalmente, “la pregunta de las viejísimas 64.000 lochas”, ¿Somos los Humanos entes Naturales? ¿Pertenece Lo Humano a La Naturaleza, como nos han inculcado la Filosofía y la Civilización Occidentales, dominadas ambas radicalmente por la noción de Ciencia? ¡¡Mucho más cercana ésta –como es evidente– a la Naturaleza que a la Espiritualidad!! Un pequeñito detalle, este último, puesto en negritas, que vale la pena tener muy presente.

Conviene entonces, tal vez, que cada quien piense en –o se construya– su propia escala de Complejización de los Entes. Que no tiene porque ser demasiado estricta o rigurosa, sino que simplemente nos dé –o le dé– una idea de cómo es que los entes se van haciendo cada vez más complejos e intrincados… o inescrutables. Porque de ello dependerá, como ya dijimos, que el Concepto y el Ser se disocien mas o se disocien menos, es decir, que el Concepto capte menos o capte mas del Ser. ¡¡A mas complejidad de éste, menos posibilidades de captación conceptual… y viceversa!! Todo un proceso fascinante de complejización que nos puede llevar a captar, por ejemplo, que en la simple diferenciación entre lo inorgánico y lo orgánico hay ya un abismo de especificidades. Cuando paso de una piedra a un páncreas, a un árbol o a un perro, estoy dando saltos formidables, espectaculares. Ontológicos diría rimbombantemente un filósofo. Entre el Concepto “Piedra” y cada piedra concreta hay, por supuesto, una gran diferencia, hay un salto que nos lleva, precisamente, a “Olvidarnos del Ser” (es decir, de las piedras reales o empíricas), y que hace que en el concepto no puedan estar las especificidades, ninguna de las especificidades, de cada piedra concreta(6), lo único que interesa es que todas son piedras; pero entre el concepto “Páncreas” y cada páncreas concreto podemos estar absolutamente seguros de que las diferencias son mucho mayores. Ambos entes, la piedra y el páncreas, sin la menor duda, están cambiando permanentemente, segundo a segundo, pero esos cambios en una piedra son infinitesimales, completamente imperceptibles, y sólo se harán visibles en larguísimos períodos de tiempo; en un millón de años –o si no en cinco– un peñasco podría completar su proceso de pulverización, cambiar de color o pasar de tener una superficie lisa a tenerla un poco menos lisa…o al revés.

En un páncreas, por el contrario, los cambios pueden producirse aceleradamente y en cuestión de semanas –o tal vez de segundos– podemos pasar, por ejemplo, de un páncreas sano a uno enfermo. Ni aun con la tecnología más sofisticada que ahora o en el futuro podamos tener, podremos seguirle la pista a las transformaciones que un páncreas, un hígado o un pulmón puedan sufrir, de tal forma que el Concepto (“páncreas”, “pulmón” o “hígado”) podría en un determinado momento no decirnos nada de esos cambios, es decir, de lo que está pasando en ese “Ser”, en cada páncreas o hígado específico o individual. De alguna manera o en alguna medida, por el contrario, el concepto “piedra” alguna idea nos da permanentemente de lo que pueda estar pasando en el Ser de cada piedra. ¡¡Porque dichos cambios son muy pocos, muy leves y, sobre todo, por supuesto, muy previsibles!! Y recordemos, con firmeza, que toda esta reflexión no es más que un training para llegar a la comprensión de cómo el Concepto de Espíritu Humano no nos dice nada sobre el espíritu concreto de cada quien. Y, lo esencial, que en el extremo cada Espíritu Individual es del todo irreductible a cualquier otro. No tienen nada que ver el uno con el otro: puestos ante una determinada situación uno puede optar por el Bien y el otro por el Mal; uno por el Altruismo y el otro por el Egoísmo; uno por matar o no perdonar una ofensa y el otro por todo lo contrario.

Haga el amable lector, por su cuenta, el ejercicio de pasar de un páncreas (que es orgánico, pero no tiene vida propia) a un árbol, es decir, a un ente que es orgánico pero tiene vida propia, aunque carezca de cerebro. Y del árbol pase a un perro, esto es, a un ente que es orgánico, tiene vida propia y tiene cerebro, o sea, ¡¡que es capaz de producir determinaciones mentales que le están vedadas al árbol!! Y luego, del perro pase a un chimpancé en el que esa función cerebral está más desarrollada. Reflexione el amigo lector acerca de cómo, a medida que –en dicha secuencia– avanzamos hacia lo más complejo, ¡¡es evidente que los Conceptos nos van diciendo cada vez menos acerca del Ser!! O sea acerca de cada una de las Realidades específicas o individuales que ellos pretenden captar. Y que, obviamente, en alguna medida, captan. Juegue usted, querido amigo, con la infinita gama de ejemplos y casos que podemos imaginar y que pueden ser enriquecedores a la hora de reflexionar sobre la relación entre el Concepto y el Ser, esto es, entre la Idea y el ente o los entes reales o empíricos, individuales o concretos. Piense en esos simpáticos ejemplos –atribuidos a diversos filósofos– que aluden a esa brecha crucial entre el Concepto y su Objeto. Veamos dos de dichos ejemplos que desde siempre nos han parecido simpáticos. El primero, atribuido –irónica o sardónicamente por supuesto– a Aristóteles: un hombre tiene la palma de su mano puesta sobre una brasa e inmediatamente se dedica… a razonar o sea rápidamente aplica sus conceptos y su lógica para construir una “Teoría” que le permita interpretar adecuadamente su situación: “Mi mano está sobre la brasa, las brasas queman, en conclusión mi mano debe estar quemándose”; y zas velozmente retira su mano de la brasa. En cuyo caso ese “Olvido (un tanto exagerado) del Ser”, ese apego (en este caso insensato) a los conceptos y a la teoría, le costará una buena quemadura.

El segundo de nuestros dos ejemplos, atribuido en algún recuerdo lejano a Nietzsche (y planteado, respecto del anterior, en el sentido contrario –y muy fértil en este caso– de darle primacía al Concepto y no a la Realidad): Cuando veas un tigre frente a ti, por favor ¡¡aférrate al Concepto “Tigre”!! No te pongas a reflexionar sobre el Ser, es decir, sobre este Tigre concreto, real, empírico o existencial, que tienes por delante. Es decir, no te guíes en este caso por Heidegger que clama contra el Olvido del Ser, o sea que exige que le prestemos atención a los entes concretos… Olvídate radicalmente del Ser, es decir, de este tigre empírico y existencial, ni se te ocurra ponerte a pensar que a lo mejor él no cuadra del todo con su concepto; que quizás está muy viejito y tal vez se le cayeron los dientes, o es el tigre perfectamente amaestrado del circo que llegó anoche; olvídate de esas exquisiteces heideggerianas, esto es, Olvídate del Ser, concéntrate precisa y exclusivamente en el Concepto “Tigre”… ¡¡y échate a correr!!

c) El salto formidable –y absolutamente Inescrutable– de Lo Natural a Lo Humano.

Todas estas reflexiones acerca del heideggeriano Olvido del Ser (o sea, acerca de la desconexión entre el Concepto y el Ser; es decir, entre la Lógica y los entes reales, concretos o empíricos que aquélla inútilmente pretende captar) son poco importantes o menos importantes, cuando nos referimos a los entes inertes, inorgánicos, minerales, vegetales o animales no-humanos, pero se vuelven tremendamente más importantes –dichas reflexiones– cuando en lugar de referirnos a cualquiera de aquellos entes (piedras, páncreas, perros, árboles o chimpancés) nos referimos, precisamente, a los seres humanos. Porque en estos el problema del Olvido del Ser, la desconexión entre el Concepto y la Realidad, se torna grave, esencial y acuciante; porque en el caso de Lo Estrictamente Humano, como a continuación intentaremos mostrar, el Concepto, si existiese, es decir, en el caso de que artificialmente existiese, nada –absolutamente nada– tendría que ver con la Realidad. Esto es, ¡¡nada captaría de la realidad específica de cada hombre o mujer concretos!!

En otras palabras –nos disculpamos por volver reiteradamente sobre lo mismo–, ningún concepto de Lo Humano puede captar las abismales diferencias o especificidades que, en el plano espiritual, hay entre los humanos. En nuestra esfera de Lo Natural –es decir, en el componente natural de los humanos–, en cualquiera de sus manifestaciones, podemos ser estrictamente idénticos (por ejemplo en la condición de bípedos, cuerpos, implumes, mamíferos o racionales; sobre todo en esta última, porque la lógica es absolutamente idéntica para todos los humanos, sólo que muy poco tiene que ver con lo esencial de Lo Humano), pero en el plano de Lo Espiritual somos abismalmente diferentes, específicos, individuales, irrepetibles ¡¡absolutamente irreductibles los unos a los otros!! E irreductibles a cualquier concepto que intente captar dicha Realidad Espiritual.

Toda la Filosofía se hace añicos en cuanto aparece este problemón. Porque después de 2500 descubrimos que lo que ella hizo fue intentar aplicarle a Lo Espiritual una noción –el Concepto, la Lógica o Razón– que sólo tiene sentido para Lo Natural. ¡¡Porque ningún Concepto puede captar “la esencia” de Lo Humano. Simplemente porque ésta NO EXISTE!! Porque en este caso ni siquiera hay algo que olvidar (con lo cual el Olvido del Ser se queda sin efecto); porque tampoco hay nada, no existe nada, que se pueda conocer y que sólo así, después, pudiera ser olvidado. Porque nuestro propio Espíritu es radicalmente inaccesible para nuestra Razón. Porque ni siquiera fue que Platón, al imponer su Teoría de las Ideas, nos sustituyó la captación directa –intuitiva, empírica, sensorial o existencial– del Ser de Lo Humano por su Concepto (con lo cual aquél, el Ser de Lo Humano, podría ser olvidado) sino que, simple y sencillamente, no hay ningún Concepto ¡¡ni ningún Ser o sea ninguna “manera definida, específica, concreta o existencial y, además, común” de ser, de Lo Humano!! (Nos disculpamos de nuevo por las repeticiones, pero estamos batallando con la idea).

Porque la Filosofía Griega –Sócrates, Platón y Aristóteles, como los “tres grandes”– nos castraron al aplicarnos a los Humanos la idea de que tenemos un Ser, una manera específica de Ser, como la que indudablemente tiene cualquier miserable perro, chivo, mesa o alicate. Porque nos ponemos muy simpáticos cada vez que decimos, por ejemplo: “me estás ofendiendo en lo más profundo de mi propio Ser”. Porque cada hombre o mujer, cada uno de nosotros, es un misterio absolutamente indescifrable o incognoscible, del cual no podemos tener ninguna comprensión plena, sea ésta racional, sensible, imaginativa, intuitiva o instintiva. Porque cada uno de nosotros es un enigma absolutamente insondable. ¡¡Porque mientras más “nos conocemos a nosotros mismos”, más nos cambiamos, con lo cual dicho conocimiento queda ya sin efecto!!

Porque no fue, de ninguna manera, que el concepto platónico-aristotélico del Ser, nos ocasionó o nos produjo el “Olvido de nuestro Ser específico o concreto”, sino que –mucho, pero muchísimo peor– nos hizo creer que teníamos un Ser; es decir, nos hizo creer que teníamos una manera definida o definible de ser. Todo lo cual ha determinado el fracaso –¡¡rotundo!!– de la Filosofía Occidental; que a lo largo de 2500 años ha estado inútilmente tratando de comprender Lo Humano. Con un pequeño agravante: que si no logramos precisar este “concepto”, si no podemos tener aunque sea una idea aproximada de lo que somos –cosa que, por supuesto, es imposible– todos los demás conceptos y toda nuestra comprensión del Mundo ¡¡por muy científica que ella sea!! se quedará obviamente, en buena medida, en el aire.

Heidegger, precisamente, se pasó los casi 60 años de su vida filosófica activa escudriñando la noción de Lo Humano y a lo único a lo que pudo llegar fue a “definirla” como una “Pura Posibilidad de Ser”, ¡¡que es exactamente lo mismo que no decir nada!! Y es que no podía decir nada, porque, como ya señalamos, no hay ningún Ser de Lo Humano. 60 años rehuyendo, de manera muy tenaz, casi prusiana, la única posibilidad que tenemos de acercarnos un poco a esa Realidad Inexistente: la apertura hacia La Ética y, sobre todo, hacia Lo Sagrado, esto es, hacia la Noción de Dios que habita en nosotros.

Porque dicha Realidad –el Ser de Lo Humano– es absolutamente indescifrable… con conceptos o sin ellos. Porque, como veremos a continuación, la única forma de aproximarnos –repito: ¡de aproximarnos apenas!– a Lo Humano, no se da en el plano de lo cognoscitivo, es decir, de los conceptos, sensaciones, intuiciones o percepciones, sino en el plano de la Ética, de los Valores y, más allá de ellos, en el plano en el cual se pone de manifiesto ¡¡nuestra capacidad para Crear y para Poner (en la realidad) el Bien!! Con lo cual nos aproximamos a nuestra Dimensión Sagrada y, en última instancia, a la Noción de Dios.

d) Los ocho (8) distintos grados de complejidad de Lo Humano(7).

Lo mismo que hicimos –de manera imprecisa– con la gradación de todos los entes, desde la piedra hasta Lo Humano, para precisar los distintos niveles del Olvido del Ser, podemos (o debemos) hacerlo, ahora, con mucha más precisión, dentro de Lo Humano, al interior de nosotros mismos. También en esta esfera podemos ir de lo más simple a lo más complejo; o sea de aspectos de Lo Humano en los cuales las diferencias entre los hombres (incluidas las mujeres) son mínimas –nuestra capacidad para percibir lo liso, por ejemplo– hasta aspectos en los cuales esas diferencias son inmensas, como por ejemplo, la capacidad creativa, la posibilidad de Crear la Realidad a partir de la Nada, esto es Exnihilo. Y, otra vez, la brecha o el divorcio, entre el Concepto y la Realidad se irá ampliando y, a medida que ascendamos en esa escala –a medida que nos adentremos en las esferas más complejas de Lo Humano– aquél (el Concepto) nos irá diciendo cada vez menos acerca de ésta (la Realidad); cada vez la incognoscibilidad o inescrutabilidad de la Realidad Humana será mayor, esto es, ¡¡cada vez el Concepto, cualquier concepto, de Lo Humano tendrá menos sentido!!

Operaremos, entonces, con una Estructura de 8 peldaños o escalones –sobre los cuales rogamos al lector reflexionar detenidamente– y que, desde lo más simple a lo más complejo, podrían ser:

1)      Lo Sensorial

2)      Lo Emocional-Pasional-Sentimental

3)      Lo Racional

4)      Lo Consciente

5)      Lo Volitivo

6)      Lo Estético

7)      Lo Ético y

8)      Lo Sagrado o Religioso

En el Primer Plano, el de lo Sensorial, estamos todavía en buena medida en la esfera de la Animalidad; entre nuestros oídos –o nuestra capacidad auditiva– y los de un perro, a pesar de todas las apariencias, no hay diferencias sustanciales y es muy posible que un ruido demasiado intenso o agudo nos afecte de manera más o menos similar. Por mucho que un lince o un águila tengan la vista mucho más aguda y un perro el olfato o el oído mucho más desarrollados, todas esas capacidades sensoriales –oído, olfato, vista y aun el gusto, salvo tal vez el muy mal gusto de los cochinos– no difieren sustancialmente. Pero lo que en última instancia nos interesa destacar, lo esencial, es que entre todos los hombres (y todas las mujeres) nuestras capacidades sensoriales son estrictamente similares: vemos, oímos y olemos (me refiero, no a los olores que despedimos, sino a nuestra capacidad de oler, esto es, de captar olores) más o menos de manera similar, con más o menos la misma intensidad. En ese plano, en el sensorial, todos los seres humanos somos más o menos aproximadamente Lo Mismo; es decir, no importa mucho o no es muy significativo El Olvido del Ser. Porque en ese plano no cuentan demasiado –o no son muy significativas– las especificidades existenciales o individuales de cada quien, todos cabemos más o menos de manera similar en el Concepto de “Entes Sensoriales”. Este concepto todavía nos sirve de algo, no nos aleja demasiado de los entes específicos, no está funcionando todavía o, al menos no con demasiada intensidad, el carácter abstracto del pensamiento o de la lógica. O, visto al revés, no es muy grave que nos Olvidemos del Ser, esto es, que no le pongamos atención a las diferencias de sensibilidades entre los seres humanos o a las sensibilidades específicas de cada uno de ellos.

Que es –esto último– lo que más específicamente nos interesa, a los fines de profundizar en la noción del Olvido del Ser: Entre los conceptos de oler, ver, degustar, oír o palpar y los actos empíricos, individuales, existenciales, específicos o concretos, de cada uno de estos cinco sentidos ¡¡y, más aún, de cada uno de los seres humanos!! no hay una brecha significativa que nos lleve a diferir sustancialmente cuando hablamos de un olor agradable o desagradable, cuando simplemente usamos las palabras oloroso o maloliente; o cuando decimos que algo es más o menos liso o rugoso, dulce o salado, frio o caliente, visible o no, audible o no, etc. No es muy fácil que ante una comida excesivamente salada o un olor nauseabundo, alguien pueda decir “difiero de esa opinión”  o “en mi opinión no es así”. En todos esos casos, los conceptos captan más o menos directa e infaliblemente la Realidad. ¡¡Aunque jamás podamos trasmitirle a nadie la idea estricta o exacta de lo que queremos decir con oloroso o maloliente, es evidente que podremos trasmitir una idea mucho más cercana a La Realidad, que cuando en el plano Estético intentamos trasmitirle a alguien que algo nos parece bello, elegante o armonioso; o cuando, en el plano Ético, queremos comunicar que algo nos parece justo, digno, humilde o arrogante!! ¿Cuánto más huele bien o cuánto más hiede algo? Es evidente que jamás podremos transmitirle a nadie la sensación específica exacta que tenemos o que nos produce ese olor, pero también –sin la menor duda– es evidente que en ese plano de lo Sensorial, los conceptos nos alejan menos de “Lo que ES”, es decir, del Ser, que cuanto nos referimos a problemas estrictamente espirituales. Cuando nos ubicamos en la última instancia del plano de Lo estrictamente Espiritual, en nuestra capacidad de Amar al Prójimo, por ejemplo, será inmensamente difícil –por no decir imposible– trasmitirle al Otro o a los demás a qué es exactamente a lo que nos estamos refiriendo.

En el Segundo Plano, el de Lo Emocional-Pasional-Sentimental, tal y como pareciera evidente, la brecha entre el Concepto y la Realidad se amplia de manera considerable. Se pega un salto significativo. Porque, como resulta evidente, en el plano de Lo Sensorial, en el de los simples cinco sentidos, al menos hay una realidad externa (a captar) idéntica para todos los seres humanos, la mayor o menor rugosidad de una superficie o la mayor o menor estridencia de un ruido, por mencionar dos ejemplos. En el plano de las emociones, las pasiones y los sentimientos, por el contrario, estamos en la esfera de la más plena y poderosa Subjetividad. Cuando dos personas (y siempre, a la hora de poner ejemplos, hablamos de dos personas, pero extrapole el lector a tres, cuatro, varios, muchos, una multitud o una sociedad; con lo cual se irán haciendo cada vez más evidentes las diferencias entre los seres humanos); cuando dos o más personas, decíamos, dicen exactamente lo mismo: estoy molesto o furioso, emocionado, asustado, preocupado, enamorado o ansioso, es obvio que aun “dentro del mismo Concepto”, y aun dentro de la misma noción general, no se están refiriendo a Lo Mismo, ¡¡el Concepto es el mismo, pero las Realidades a las que aluden pueden ser considerable distintas!!

e) De cómo la Filosofía Griega excluyó radicalmente las Pasiones, las Emociones y los Sentimientos.

Vale la pena dedicarle a este tema una sección aparte, por breve que sea. Porque una de las formas más contundentes de mostrar El Olvido del Ser, y casi que podríamos decir o hablar de El Temor al Ser (en el sentido de la inmensa dificultad para captarlo, es decir, para percibir las emociones, pasiones y sentimientos específicos de cada ser humano), es la exclusión radical de dichas tres esferas del radio de acción o del área de cobertura de la Filosofía Griega. Obviamente porque en esos terrenos (que conectan ya directamente con el Espíritu) los conceptos no nos sirven de mucho ¡¡para no decir de nada!! Porque estos, los conceptos –entre otras características– se supone que deben expresar una cierta Permanencia, amén de la ya mencionada Identidad de los contenidos a los que se refieren; y, obviamente, en el caso de las Pasiones, Emociones y Sentimientos no se da ninguna de estas dos características. Cualquier emoción, pasión o sentimiento (nos referimos al contenido concreto, al Ser, a la especificidad empírica o existencial de cualquiera de ellos) lejos de permanecer idéntica o idéntico a sí mismo, puede cambiar en un instante, en cuestión de segundos, característica ésta que, obviamente, no puede ser reflejada por –o contenida en– ningún concepto. Nada más voluble o cambiante que cualquiera de estas tres esferas.

Uno de los más graves errores de la Filosofía Griega –que, evidentemente, todavía hoy afecta nuestra manera de pensar– y que tiene que ver directamente con El Olvido del Ser de Heidegger (que es, en cierta forma, una de sus mejores expresiones) es haber creído que la Razón, el Pensamiento Racional, podía imponerle condiciones, restricciones o limitaciones a las pasiones, emociones y sentimientos. Es decir, fue haber creído que los Conceptos podían actuar directamente sobre el Ser, sobre la Realidad. Es no haber comprendido que eso puede lograrse sí, sin duda, pero que no es la Razón la llamada a lograrlo, sino nuestra Dimensión Moral, nuestra Voluntad o nuestra Conciencia Activa; nuestra capacidad de imponernos valores. Y, en última instancia, nuestra Dimensión Religiosa, la Noción de Dios que –tal vez– habite en nosotros.

f)  Nuestro tercer escalón, la esfera de Lo Racional: la clave, el centro o el núcleo del Olvido del Ser.

La esfera de Lo Racional es, precisamente, la que da origen al Olvido del Ser, es el núcleo del que emana dicho Olvido. Es la esfera que durante muchos siglos (desde Platón en el siglo IV a.C. hasta Nietzsche en el siglo XIX) se creyó que captaba al Ser “en cuanto tal”, o al Ser “en sí mismo”. Que es la mejor expresión de la crisis o quiebra absoluta o rotunda de la Filosofía Occidental: que desde Sócrates, Platón y Aristóteles, hasta Nietzsche, Schopenhauer, Heidegger y, sobre todo, Wittgenstein (que pusieron en evidencia dicha quiebra) se creyera que los Conceptos y, en general, el Pensamiento Racional, lograban captar la Verdadera Realidad. Que sólo en el siglo XIX viniese a descubrirse que el Pensamiento Racional apenas puede darnos una versión de la Realidad, una Re-presentación “montada” –o un montaje hecho– a partir de un conjunto de supuestos, pero ¡¡jamás la Especificidad de la Realidad Concreta “en sí misma”!! Que Sócrates, Platón y Aristóteles hubiesen creído que le habían llegado a La Verdad, cuando ésta simplemente ¡¡no existe!! Porque “la verdad” (especialmente cuando nos referimos a la esfera del Espíritu, esto es, a lo Estético, lo Ético y lo Religioso o Sagrado) es que existen tantas verdades como conjuntos o estructuras de supuestos pueden “montarse”. Siendo estos conjuntos o estructuras de supuestos –en el plano espiritual, repetimos– virtualmente infinitos. Porque nuestra dimensión espiritual, como hemos venido asomando, es inescrutable, inaccesible para los conceptos… y para cualquier otra forma de conocimiento. Radicalmente incognoscible ¡¡ni a través de la Lógica o Razón, ni de ninguna otra forma!! Aunque en alguna medida ocurre lo mismo con las Verdades Científicas, que ¡¡se asumen como verdades!! siempre a partir de un conjunto de supuestos, sujeto a permanentes cambios. Con lo cual es evidente que nos estamos refiriendo a las Verdades Científicas alusivas al Mundo, porque respecto del Espíritu ellas –igual que las verdades lógicas– tampoco tienen nada que buscar, nada que aportarnos.

Para comprender cuan infinitos pueden ser esos conjuntos o estructuras de supuestos sobre los que se montan las “Verdades Lógicas”, es decir, para comprender, al mismo tiempo, cuan abstractos, artificiales o “separados de la realidad” son los conceptos y las re-presentaciones racionales, lo más recomendable es recordar o reconstruir una de las más sublimes y excelsas insensateces de la Historia de la Filosofía Occidental: la noción de Totalidad en Hegel. Antes de él, y como acabamos de ver, los filósofos pretendían que la Lógica o Razón captaba la Realidad “en sí misma”, pero sabían perfectamente que esa Realidad que captaban era parcial, abstracta o –más burda o metafóricamente dicho– troceada, segmentada, separada de cualquier Totalidad. Hegel no, él –valientemente– pretendió captar la Totalidad de lo existente, sin supuestos(8), es decir, la verdadera realidad “en sí misma”. Creer que nuestra mente puede captar esa Totalidad de lo existente –desde lo más infinitamente grande hasta lo más infinitamente pequeño, desde las realidades materiales y naturales hasta los sentimientos, las emociones y las pasiones ¡¡mas los valores morales y todas las complejidades del Espíritu!! y, mucho más aun, incluyendo los cambios intensos e ininterrumpidos que todas esas esferas sufren permanentemente– creer, decíamos, que podemos captar la infinita totalidad de lo existente, es sencillamente de una ingenuidad exacerbada. Creer que podemos pasar del Todo (esto es, del Concepto de Totalidad) a la Realidad empírica, específica –¡e infinita!– del Ser en su Totalidad, es un sinsentido espectacular. Un escollo y una mentira en los cuales se quedó atascada la Filosofía Occidental. Que de hecho feneció con Hegel, porque de allí en adelante lo único que hubo fueron críticas, estertores, desbandada, ¡¡postmodernidad!! los intentos superfallidos de rescatarla por parte de Husserl y Heidegger, las burlas sangrientas de Nietzsche; la Filosofía Analítica, una versión póstuma y cómica de 2500 años de Filosofía y, en la cúspide de todo, la contundencia antirracional –no irracional, que es otra cosa, sino antirracional– de Wittgenstein, que desenmascaró al Pensamiento Racional (“Todas las proposiciones de la Lógica, son estrictamente tautológicas”, es decir, no generan ni un ápice de conocimiento nuevo, la poderosa afirmación, no desmentida hasta hoy, ni desmentible en el futuro, del Tractatus Logico-Philosophicus).

La Razón, es decir, La Lógica, que pretendió desocultar lo Oculto, que pretendió develar la Verdad, sólo logró construir versiones de la Realidad; versiones que en lugar de descubrir la Verdadera Realidad, sólo lograron ocultarla de una manera distinta. La colocamos, sin embargo –a la Razón– en nuestro Tercer Escaño (o sea, en un lugar privilegiado en cuanto a la captación del Ser, que, como recordaremos, se capta mejor, o se Olvida menos, en los primeros escaños) porque en la medida en que podamos ponernos de acuerdo sobre un conjunto de supuestos, y en la medida en que construyamos una estructura lógica rigurosa a partir de ellos, en esa medida el Ser Hipotético, esto es, la “Realidad Lógica” que emergerá de ese esquema será exactamente la misma para todos los Seres Humanos. La Misma para todos aquellos que concuerden con los supuestos. Que es lo que ocurre con la Matemática y la Geometría, una “Realidad” que es exactamente Idéntica para todos los humanos; la ilusión sobre la que se montó la Filosofía Griega, la pretensión de Platón de llegarle a la Ética a partir de la Lógica, de captar el Bien a través de conceptos, que él mismo entendió que carecía de sentido(9); su empeño en colocar en el frontispicio de su Academia ese letrero infame: “El que no sepa matemáticas que no entre”. La audacia desmedida del mismísimo Descartes, que llegó a afirmar: “Mas de todo esto se ha de concluir no ciertamente que se han de aprender sólo la Aritmética y la Geometría, sino únicamente que aquellos que buscan el recto camino de la Verdad no deben ocuparse de ningún objeto del que no puedan tener una certeza igual a la de las demostraciones aritméticas y geométricas”(10). ¡¡O sea (“a confesión de partes…”), que no debemos ocuparnos para nada ni de la Ética, ni de la Estética, ni de nada que tenga que ver con el Espíritu. Simplemente porque ni en aquéllas ni en éste, podemos tener nada que se parezca a una certeza aritmética o geométrica!!

Es toda la tragicomedia del Pensamiento Racional y de la Filosofía Occidental que se expresa finalmente, después del fracaso de Heidegger, en esa confrontación insensata y póstuma entre la Filosofía Analítica, personalizada en John R. Searle y la llamada Filosofía Continental (lo que quedaba o quedó de Hegel, Husserl, Heidegger y compañía, personalizada en Jacques Derridá y en general en los deconstructivistas) en los últimas décadas del siglo XX y que se expresa en el siguiente doloroso párrafo: “El análisis comparado de ambas filosofías y el esfuerzo por establecer un entendimiento entre ellas, es un proyecto imprudente y arriesgado que decidí llevar a cabo al constatar que cada uno de los fervorosos auditorios ante los que estos dos autores aparecían como grandes paradigmas intelectuales estaba perfectamente predispuesto a despreciar olímpicamente al otro: Searle, entre los deconstructivistas, no es más que un rancio teórico trasnochado; Derridá entre la mayoría de los filósofos analíticos, un intelectual deshonesto y embaucador. ¿Cómo es posible que se den, simultáneamente, tal admiración y tal desprecio? ¿Es una situación definitivamente irremediable? ¿No debería ser la filosofía el ámbito de la comunicación abierta, del diálogo, del respeto?”(11). Me temo que, ciertamente, querido amigo, se trata de una situación definitivamente irremediable; son simplemente los estertores de la filosofía. Tan inconsistente es Searle como lo es Derridá, porque ambos no hacen sino intentar revivir un cadáver. Y ciertamente el suyo (estimado Navarro Reyes) fue un proyecto “imprudente y arriesgado” que no llegó a nada. Porque la Filosofía, en lugar de ser “el ámbito de la comunicación abierta”, era más bien, ya, a finales del siglo XX, el ámbito de una funeraria.

 

g) Nuestros cuarto y quinto escalones: La esfera de Lo Consciente y, en estrecha relación con ella, la de Lo Volitivo.

No es fácil, nada fácil, pero es posible, diferenciar entre Lo Racional y Lo Consciente, por un lado y entre Lo Consciente y Lo Volitivo, por el otro. O, tal vez, cabría más simplemente decir: no es nada fácil aislar o segregar Lo Consciente, como esfera específica o diferenciable de Lo Humano. Hagamos sin embargo el esfuerzo. No es lo mismo ser mezquino, egoísta, bondadoso… o tonto, sin saberlo, sin tener la mas mínima intuición de que lo somos… ¡¡que tener dicha intuición o Conciencia!! No es lo mismo ser un resentido sin saberlo, que empezar a descubrir o a intuir que lo somos; o, más claramente, que ir cobrando cada vez más Conciencia de que lo somos. Y, para llevarlo de una vez al extremo: pensemos que siempre podremos incrementar la Conciencia que tenemos de nuestras emociones, pasiones y deficiencias morales. Se puede incluso tener mayor o menor Conciencia del nivel de Racionalidad en el que nos ubicamos… y de la mayor o menor solidez de nuestros Razonamientos. No es lo mismo ser irrespetuoso o arrogante sin saberlo, que tener plena Conciencia de que lo somos. Y más claramente aun, ¡¡y más importante!! no es lo mismo ser irrespetuoso, irresponsable o arrogante, sin saberlo, que tener una Conciencia Creciente, cada vez mayor, de que lo somos. Porque mientras más Conciencia tengo de mis Realidades Espirituales(12) ¡¡más posibilidades tengo de influir sobre ellas!! Que es, en última instancia, lo que cuenta y lo que empieza definitivamente a acercarnos a Lo Humano: la conexión entre Lo Consciente y Lo Volitivo; el conocimiento aunque sea obviamente borroso de mi Espíritu y la certeza de que puedo influir –y cada vez más– sobre Él.

Todo ello aunado a la comprensión simultánea de que jamás podré captar o comprender plenamente mi Alma(13) ¡¡aunque sólo sea porque mientras más la conozco mas cambia ella!! Porque en cuanto cualquier contenido espiritual, por mínimo que sea, se hace consciente, ya ese Espíritu, simplemente, ¡¡no es el Mismo!! No es el que yo estaba ya a punto de conocer. Porque cualquier conocimiento adicional que yo tenga de mi Espíritu lo reconstituye, lo rehace, lo reconforma plenamente. Lo convierte radicalmente en otro… ¡¡aunque sea en una mínima proporción, él –mi Espíritu– es ya radicalmente otro!! Porque son dos cosas o dos situaciones (¡¡o dos Realidades!!) muy distintas, repito, el ser arrogante, magnánimo o tolerante y el estar consciente de que sé es arrogante, magnánimo o tolerante. Cualquier conocimiento que un Ser Humano logre de su Espíritu ya se lo convierte en otro.

Mientras más conscientes estemos de las características de nuestra Alma, mas podremos influir sobre “Su Ser” y, en consecuencia ¡¡menos Ser tendrá ésta!! Menos rigidez, dureza o inmutabilidad, es decir, menos “Definiciones” tendrá nuestro Espíritu. Porque para que algo pueda ser definido, es decir, para que tenga una Definición, un Concepto más permanente o inmutable, en alguna medida debe Ser independiente de nuestra Voluntad.  O, más fuerte y contundente aún, mientras más conscientes estemos de nuestra Voluntad, de nuestra Fuerza de Voluntad, de nuestra Capacidad Volitiva, de nuestras posibilidades de influir sobre nosotros mismos, sobre nuestro Espíritu, menos será éste de una manera definida o determinada. Más descubriremos en nosotros nuestras posibilidades de cambiar, ¡¡de rehacernos conscientemente el Alma!! Más descubriremos que no tenemos –en el plano espiritual, por supuesto–  ninguna “manera de ser”, ningún “es que yo soy así”, ningún “es que yo tengo mi propia personalidad muy bien definida”. Mas descubriremos el profundo sinsentido de los Conceptos, ¡¡cuando del Alma se trata!! Que es cada vez más notorio –dicho sinsentido– mientras más profundo vamos en el Espíritu. Y podemos ir tanto más profundamente como se nos ocurra o como lo intentemos.

Que es cuando empezamos a intuir la trascendencia y radicalidad del grandioso fracaso de la Filosofía Occidental. Un fracaso que podemos resumir así: el Verdadero “Olvido del Ser” (o tal vez mejor: el Olvido del Verdadero Ser), del Ser que Heidegger tercamente se negó a asumir, del que férreamente se negó a saber a lo largo de sus casi 60 años de vida intelectual, es o fue ¡¡El Olvido del Ser Espiritual, que quizás podríamos identificar con El Olvido de Dios!! O, más bien, más que el Olvido, el que nunca hayamos llegado a plantearnos –hasta la segunda mitad del siglo XX, hasta después de Heidegger– el verdadero problema: el de la Ética y mas allá de la Ética, el problema crucial, el límite de Lo Humano, la Dimensión de lo Sagrado que, sin la menor duda, habita en nosotros: la primera aproximación a la Noción de Dios. Ideas estas –tanto la Ética como Dios– que al parecer aterrorizaban a Heidegger.

h) La esfera de Lo Estético y nuestra reconocida capacidad para Crear la Belleza.

La antesala para entrar a las esferas más profundas de nuestro Espíritu –la Ética y Lo Sagrado– es, sin la más mínima duda, la Estética. Es el comprender que el Arte no está fuera de nosotros, sino en nosotros. Que el Arte Realista que se dedica o se dedicó a reproducir la Realidad, no fue sino una etapa; sublime, pero tan solo una etapa, en la evolución del Arte. Que la escultura de un Discóbolo, de Zeus o el David de Miguel Ángel, son obras maravillosas que reproducen realidades, pero que tan arte como ellas fue cualquier cosa –absolutamente cualquier cosa, desde un urinario a un garabato– que se le ocurriera pintar, esculpir o hacer a Van Gogh, Picasso, Miró, Renoir, Warhol o Duchamp. Y que, en última instancia y por insólito que parezca, basta que cualquier obra logre un espacio en el Louvre, el Prado, el Moma o cualquier otro museo de fama mundial, para que eso automáticamente la convierta en Arte. Porque no hay ningún concepto o criterio, absolutamente
ninguno, que nos permita definir ¿Qué es el Arte? ¿Qué es lo Bello, lo Armónico, Elegante, Sublime o Maravilloso?
Porque no hay absolutamente ninguna forma apriorística de saber si algo es o no Arte. ¡¡Porque en esta esfera llega a su máxima expresión esa desconexión radical y progresiva entre el Concepto y la Realidad que hemos venido analizando!! Porque en la esfera de lo Estético –como ya hemos analizado para cualquier manifestación del Espíritu– ¡¡no se trata del Olvido del Ser, sino de la Desaparición o la Inexistencia radical del Ser de lo Estético!! y de su sustitución plena por la Conciencia y la Voluntad humanas, que deciden libremente lo que han de considerar Bello o Arte.

Hoy, todavía, esta capacidad humana de decidir e imponer qué es Lo Bello y qué es lo Estéticamente Superior, está mediatizada por los críticos y curadores y, en la cúspide de la pirámide, por los mercaderes y negociantes del arte (cabría decir, “por el Mercado”), pero poco a poco se va abriendo paso la idea de que Arte es lo que los seres humanos –social o individualmente– deciden que es Arte. Y, lo esencial, que el Espíritu Humano es capaz de transformar en artístico y de hacer bello o sublime a ¡¡absolutamente cualquier Realidad!! Poco a poco empezamos a descubrir que para el arte vale también y con igual intensidad, esa poderosa idea con la que a veces “definimos” o (para hablar en serio) “nos acercamos tenuemente” a Lo Sagrado o a la Noción de Dios. Poco a poco vamos descubriendo que Lo Sagrado se “define” por esa idea maravillosa que es exactamente lo opuesto (radical y sugestivamente lo opuesto) de una Definición, esa idea según la cual “No sé de nada que no sea un Milagro”. Que es perfectamente gemela de esta otra: “No sé de nada que no sea una obra de Arte”.

Es decir, en el primer caso, que la esfera de Lo Sagrado, o sea la Noción de Dios, no está (solamente) incrustada en lo más profundo de nuestro Espíritu, sino que está o reside en nuestra capacidad para encontrar o descubrir a Dios y a nuestra Dimensión Sagrada en todos y cada uno de los Entes de este mundo, en todas y cada una de las situaciones que se nos presentan a diario: un hijo, un amigo o la piedra más insignificante del camino; o la sempiterna gota de rocío en una humilde hoja, en la mañana; la cara del kiosquero que cada día nos guarda el periódico o la de la criatura (una joven) que en un Taller de Ética te pide que le repitas cómo es eso de que cuando tomas una Verdadera Decisión (es decir, cuando con exactamente las mismas Razones, el mismo contexto, las mismas experiencias, traumas, manías o interpretaciones ¡¡y, sobre todo, con exactamente los mismos Valores!! puedo tomar una Decisión o exactamente la contraria, perdonar una ofensa o no perdonarla, abortar o no, robar o no), cómo es eso de que cuando tomas una Verdadera Decisión –decía la joven en el taller– esto es, cuando forzosamente, quiéraslo o no, Creas la Realidad, ¡¡te aproximas a Dios!! No –sólo, ni tanto– porque tu actúes, sin la menor duda, como Creador o Creadora, sino por el inaudito privilegio ¡¡de estar asistiendo al surgimiento o nacimiento de una Realidad absolutamente nueva o inédita!!

“Poco a poco empezamos a descubrir”, decíamos en el párrafo trasanterior, que para el Arte vale, más o menos, la misma frase –y la misma idea– que para Lo Sagrado o Religioso. Sólo que, en lugar de “No sé de nada que no sea un milagro”, cabría decir: “No sé de nada que no sea una obra de arte”. Porque, simplemente, descubrimos que el Arte no está en la Realidad, sino que está en nuestro espíritu. Porque éste es capaz de encontrar Belleza, Armonía, Excelsitud o Sublimidad, en absolutamente todo lo que existe. Porque en la Realidad o en el Mundo no hay nada que sea objetivamente bello u objetivamente feo. Porque ambas cosas sólo existen en nuestro Espíritu. ¡¡Porque esa es precisamente una de las tantas expresiones de su capacidad de Crear!! Porque la Cultura Occidental nos ha inculcado –y hasta cabría decir, apelando al lenguaje policial, nos ha “sembrado”– la idea de que hay cosas que son, en sí mismas, bellas o feas. Porque, planteado al revés, no nos ha desarrollado –dicha Civilización Occidental– la capacidad o posibilidad de encontrar belleza en la supuesta fealdad. ¡¡Que ese era el Verdadero Ser y (y, en consecuencia, el verdadero Olvido del Ser) al que Heidegger se negó toda su vida a acceder, el que no pudo captar por más que le dio vueltas: el Ser que no es simplemente el Ente Empírico, Específico y Concreto que el Concepto no puede captar y que más bien oculta u oscurece (la tesis rudimentaria de Heidegger), sino el Ser concebido como todo eso, más el componente estético que nuestro espíritu(Infinito y Absoluto) indudablemente puede “poner” en la Realidad o simplemente CREAR; y más aún, el componente Ético, profundamente Espiritual y Sagrado que nosotros también ponemos en la realidad; o, visto más equivocada o dogmáticamente, que nuestro Espíritu puede o es capaz de descubrir en la Realidad.

La Dimensión de lo Estético es o podría ser concebida –y discúlpesenos el abuso o la ligereza– como una especie de campo de entrenamiento del Espíritu para acercarse a Lo Absoluto, Lo Infinito, Lo Sagrado y a la Noción de Dios. (Si usted es ateo o no acepta siquiera que tenemos una Esfera Sagrada en el Espíritu, quédese por favor con las nociones más “sencillas”  de Lo Absoluto y lo Infinito, y muy pronto descubrirá, que ellas son exactamente una mera aproximación a la noción de Dios). Miguel Ángel, Dostoievski, Baudelaire, Tolstoi, Cervantes, Shakespeare, Eliot o Beethoven, son Arte Sublime, en la medida en que nos conectan con Lo Sagrado, con la Existencia y con la Noción de Dios. O, visto al revés (y si usted, por ser ateo, no quiere involucrarse con Dios): asumir o concebir al Arte como separado o distinto de Lo Sagrado, de la Dimensión Absoluta de nuestro Espíritu, es poco menos que castrarlo. Usted puede perfectamente, por supuesto, diferir de estas ideas, que para eso existe la Libertad Absoluta del Espíritu, otra aproximación poderosa a nuestra Dimensión Trascendente… ¡¡y a Dios!!

i.- La Civilización Occidental ha sido capaz de Crear la Belleza (y ha asumido plenamente dicha capacidad), pero no se ha planteado siquiera remotamente la posibilidad de Crear el Bien; de “ponerlo” en el Alma a partir de la Nada.

            Tal vez todo el fracaso absoluto de la Filosofía y de la Civilización Occidental pueda resumirse y expresarse en esa relación lamentable entre la Ética y la Estética; ese énfasis radical en esta última, comparado con el desinterés, la apatía o la precariedad con la que se ha abordado aquélla, la Ética; ¡¡el increíble abismo que hay entre la exaltación y la devoción profunda por el Arte y la intrascendencia o insignificancia de la Ética, la indiferencia inaudita, para no hablar de menosprecio o subestimación de la Moral!! Un abismo tan notorio y extremo que cualquiera podría pensar que dicha devoción por la Estética es el sucedáneo o sustituto ideal o adecuado para el escasísimo desarrollo de la Ética. No (o ni siquiera) porque exprofeso se haya planteado así, sino porque al no haber desarrollado –o no haber podido desarrollar– una sólida dimensión moral; al chocar con lo que en los dos últimos siglos se ha venido asumiendo o descubriendo como La Fragilidad del Bien, la Banalidad del Mal o El Mal Radical(14), esto es, la casi total imposibilidad que tiene el Espíritu Humano de imponer (o imponerse a sí mismo) el Bien o de enfrentar el Mal; al plantearse así las cosas en el terreno de la Moral, todo el entusiasmo y las escasas posibilidades de dicho Espíritu se volcaron hacia la Estética. Con lo cual estaríamos, otra vez, ante una versión mucho más elevada y mucho más dramática o lamentable del heideggeriano Olvido del Ser: No serían ya los Conceptos y el conocimiento racional relegando o condenando al Olvido, al Ser Empírico, ¡¡sino la Belleza y la Estética llevándonos al Olvido de la Ética, volviéndonos indiferentes, pasivos o castrados ante el Mal!!

Un “Olvido de la Ética” (mucho peor que el Olvido del Ser) que se expresa –en lo que consideramos su dimensión suprema– en el escasísimo auge, por no decir la castración que siempre caracterizó a la noción de Amor al Prójimo. El grande y sublime aporte del Cristianismo a la Humanidad, que jamás logró “prender”, que jamás logró imponerse, ni siquiera moderadamente, en el Alma Occidental; que jamás logró desalojar de ella a esa versión animal profunda, esa imposibilidad manifiesta de nuestro Espíritu para separarse demasiado de los instintos, las hormonas, las pulsiones, los intestinos, las glándulas y las vísceras.

            Un “Olvido de la Moral” que se expresa de manera muy contundente en una asimetría inaudita: la Civilización Occidental ha desarrollado intensa y profundamente la Capacidad de Crear la Belleza, pero no se ha planteado siquiera, no se ha asomado en lo más mínimo, a la posibilidad de Crear el Bien. Cualquier artista es un Creador, es decir, es capaz de poner en la Realidad la Belleza ¡¡a partir de la Nada, es decir, exnihilo(15)!! en tanto que acceder al Bien, lejos de ser un acto creador, es más bien una realidad espontánea, un producto de la educación o de la cultura, para no decir que es casi un golpe de suerte.

j.- La Ética, la Nada, lo Sagrado, lo Absoluto y lo Religioso.

            Tal como ya hemos señalado, el verdadero Olvido del Ser –el que paradójicamente se le olvidó a Heidegger– es el Olvido de la Ética, de nuestra espiritualidad infinita, absoluta y profunda y, finalmente, El Olvido de la Noción de Dios, que sin la menor duda habitan ambos en nosotros: la Noción de Dios y el Olvido de la Noción de Dios. Tanto es así, que en la segunda mitad del siglo XX, abandonada ya cualquier esperanza de salvar a la Filosofía (o a su sustituto la Ontología) la mirada, la angustia y las esperanzas de la Civilización Occidental se volcaron hacia la Ética. Porque sólo entonces, después de 2500 años de aferrarse a la Razón, a los Conceptos y al Pensamiento Racional, empezó a aparecer con alguna pequeña claridad, que el verdadero problema del Ser no son las Realidades Naturales, relativamente cognoscibles; sino las Espirituales, ¡¡radicalmente incognoscibles!! No son los Entes y los Conceptos In-animados o Des-animados; sino nosotros, los Humanos, los entes dotados de Ánima, esto es, de Alma. Empezó a aparecer claro ¡¡que lo esencial del Ser es la Ética!! Y, por si algo faltara, que ésta no se puede entender, de ninguna manera, a partir de la Razón. Que para aproximarnos lejanamente a comprenderla, tenemos, antes que nada, que descubrir en nosotros la Dimensión de La Nada. No para caer en el estéril Nihilismo(16) nietzscheano, sino para intuir que sólo si nos aproximamos a la Nada podremos llegar a vislumbrar borrosamente la noción de Lo absoluto; y, lo esencial: que sólo si logramos barruntar la Noción de Lo Absoluto, podremos acceder (siempre borrosamente) a las esferas de la Ética y del Libre Albedrío y, a partir de ellas, a las nociones de Lo Religioso y de Dios.

Porque –como ya explicamos– sólo cuando estamos (o en la medida en que estemos) ante una verdadera Decisión(17), nos ubicamos en la esfera de la Moral. Cuando hacemos el Bien o somos solidarios o tolerantes, porque tenemos razones para hacerlo, ¡¡no estamos en la esfera de la Moral, sino en la de la Razón!! (“Amar al que te ama no tiene ningún mérito”, dice el propio Jesús en la película de Mel Gibson sobre él; La Pasión de Cristo, creo que se llamó). Cuando pronunciamos pomposa y enfáticamente la famosa fórmula del “Yo respeto para que me respeten”, creemos que nos la estamos comiendo moralmente, cuando tan sólo estamos haciendo gala de una buena dosis de racionalidad. Es toda esa inmensa problemática que se resume en una poderosa frase de un bolero o de una canción mexicana o portorriqueña, ya no recuerdo: “Yo no necesito razones para amarte”. Que es una variante ranchera de la maravillosa frase de San Agustín (no de Agustín Lara, sino de San Agustín): “Ama y no te preocupes de mas nada”.

Pero el descubrir en nosotros la Noción de la Nada es acceder a la forma más profunda del Ser de Lo Humano: la Noción de Lo Absoluto. Porque cuando descubro que con exactamente las mismas Razones, el mismo Contexto y los mismos Valores, puedo robar o no, irrespetar o no, traicionar a alguien o no, descubro también que mi Decisión –cualquiera de las dos que ella sea– ¡¡será un Absoluto!! Es decir, no será Relativa, no tendrá radicalmente ninguna relación con Nada, no vendrá impuesta y ni siquiera determinada o influenciada por Nada. Simplemente porque si, Ceteris Paribus, es decir, si “con todo lo demás igual”, puedo amar al prójimo o no amarlo, ello estará (¡¡lógica y rotundamente!!) indicándonos que mi Decisión nada tiene que ver con el contexto, simplemente yo la creo (de crear, no de creer), la creo yo al decidirla. Toda la “Realidad” que a partir de ella se produzca, no devendrá (es decir, no tendrá su origen) en nada de lo que ya existía, sino que devendrá, emergerá o será creada estrictamente por mi Decisión. Y ésta pudo no haberse producido o ser la contraria.

¿Que cómo es posible que pueda yo afirmar eso? ¿Que por qué estoy tan seguro? Simplemente porque si con exactamente las mismas Razones, el mismo Contexto y los mismos Valores, puedo hacer una cosa o exactamente la contraria, es obvio que mi escogencia nada tiene que ver con dichos valores, contexto y razones. Es decir, que mi Decisión parte de una Nada. ¡¡Que no tiene nada que ver con nada de lo que la rodea!! Que dicha Decisión es, en consecuencia, un Absoluto, que ella no se relaciona con nada. Que no rige para ella ninguna Causalidad. Que estamos en la esfera de la Libertad Plena o Absoluta. Que cualquier Decisión auténtica o verdadera es una especie de Fisura en la Realidad por la cual podemos salirnos de “Este Mundo”, para entrar al Mundo del Espíritu, al “Más Allá” de las razones y las determinaciones. Todo ello, para entrar en conexión con un Absoluto, que si no es la Noción de Dios, se le parece mucho.

El problema no era –como creyó Heidegger en la primera mitad del siglo XX– el Olvido del Ser; no era que los Conceptos, la Filosofía y el Pensamiento Racional, se olvidaron, ocultaron o tergiversaron al Ser Concreto, Específico, Existencial y Empírico; el verdadero problema, como se puso en evidencia en la segunda mitad de dicho siglo XX, era o fue el Olvido de la Ética. No porque a lo largo de 2500 años se la hubiese olvidado, ¡¡sino porque no se la entendió para nada!! Porque el fracaso radical de la Filosofía Occidental y, más concretamente, del Pensamiento Racional, permitió por fin empezar a tener una comprensión adecuada de la Moral, una que no se atisbó siquiera en dichos 2500 años; una comprensión lejana, absolutamente borrosa, de las profundidades insondables e inescrutables del Espíritu Humano; y, sobre todo, lo realmente importante: una comprensión lejana y absolutamente borrosa de la conexión de todo ello –y muy especialmente de dicha Inescrutabilidad– con la Noción de Dios.

 

NOTAS.-

1.- Entre otros, nos apoyamos para desarrollar estas ideas en el libro Historia de los Filósofos, ilustrada por los textos. Un magnífico y utilísimo compendio dirigido por Denis Huisman y André Vergez, Editorial Tecnos.

2.- Muy laxamente, asumimos como sinónimos o idénticos a la Filosofía Occidental y al Pensamiento Racional. Estamos, por supuesto, bien conscientes de la presencia, la importancia y el peso de la Filosofía Empirista y del Pensamiento Escéptico –que podrían atentar contra aquella identidad o sinonimia– pero a los fines que nos interesan (que son precisamente analizar la inconsistencia del Pensamiento Racional), es posible considerar al Empirismo-Escepticismo más bien como una poderosa Crítica a la Filosofía y a la Razón. Una crítica (a la incapacidad del Pensamiento Lógico para captar el Ser Empírico) que se mantuvo firme desde la Antigüedad hasta el siglo XVIII y que, finalmente –ante la Quiebra de la Filosofía– terminó, en cierta forma, teniendo “la razón”.

3) Estamos desproporcionadamente conscientes de las dificultades que dicha pretensión o ambición confronta, pero estamos así mismo atentos a las inmensas posibilidades que en ese sentido (es decir, en cuanto a desarrollar una “Visión del Mundo, de la Vida y, sobre todo, del Espíritu Humano”, que sustituya a cualquier Ontología) nos abre la propia Quiebra de la Filosofía, por un lado; y, por el otro, el forzoso y ya masivo acercamiento de Occidente a las Sabidurías Orientales: Budismo, Hinduismo, Sintoísmo, Confucianismo, Taoísmo, etc. Mas, sobre todo, la posibilidad –que nos parece ineludible, ante la mencionada Debacle de la Filosofía– de un renacer de la propia Religiosidad Occidental; que es parte del título de este libro y (con alguna cautelosa y más bien moderada ayuda adicional del mencionado Misticismo Oriental) lo esencial del camino que nos guía o, simplemente, que queremos explorar.

4) Esta crucial relación –o más bien confusión– entre Lo Teórico y Lo Empírico, entre el Mundo Lógico y el Mundo Real, ha dado origen a una simpatiquísima aberración que todavía (y, al parecer, cada vez mas) conservamos: es esa afirmación aparentemente erudita, pero en realidad tonta, según la cual algo puede “Ser verdad en Teoría, pero no en la Práctica”. Una frase que repetimos y repetimos, sin percatarnos de que si algo “es verdad en teoría, pero no lo es en la práctica”, se trata simplemente de una mentira. Una frase que expresa en forma clara, pero a su manera, toda la validez del concepto heideggeriano del Olvido del Ser, todo ese inmenso sinsentido –puesto en evidencia por el autor de Ser y Tiempo– que consiste en quedarnos en “La Teoría” y olvidarnos de la Realidad. Esa aberración que muy espontánea –o “culturalmente”– casi nos lleva a creer que si algo “es verdad en Teoría pero no lo es en la Práctica”, es obvio que la que está equivocada es la Práctica. Un pensamiento estúpido que nos muestra por la vía anecdótica hasta dónde fue engañosa la Filosofía, la Supuesta Sabiduría Suprema de la Civilización Occidental.

5) Ayuda mucho el asociar la idea de Concepto con la de Lo Mismo, porque ello permite diferenciar con cierta facilidad la esfera de la Lógica o de las Ideas –es decir, el plano de lo Conceptual– de la esfera de la Realidad, lo Empírico o lo Concreto, que hemos venido llamando la Esfera del Ser (a los fines de comentar el Olvido del Ser heideggeriano). Porque la idea de “Lo Mismo” permite comprender de manera muy clara que en el plano conceptual dos cosas pueden ser exactamente Lo Mismo, ¡¡mientras que en el plano existencial, esto es, en el plano del Ser, son dos entes absolutamente diferentes!! O cabría decir más bien, para reforzar o precisar mejor la idea: son dos entes existencialmente diferentes. Dos sillas exactamente iguales y perfectamente intercambiables son conceptualmente Lo Mismo, pero en el plano existencial o empírico son obvia y absolutamente diferentes… en cada una de ellas puede sentarse una persona distinta. En otras palabras, son idénticas, pero son dos. Dicho en los términos poderosos de la Lógica: ¡¡son Lo Mismo, pero no son Las Mismas!!

6) Recordemos siempre –y reiteremos hasta el fastidio– que en el Concepto sólo pueden estar los elementos comunes a todos los individuos concretos que caen bajo él. ¡¡Y, obviamente, no puede estar ninguna especificidad de ninguno de esos individuos!!

7) Después de concluido –dificultosa y pesadamente– este capítulo, caímos en cuenta de que habíamos dejado fuera una de las más importante dimensiones de Lo Humano (a los fines de analizar la Relación entre el Concepto y el Ser Específico): la esfera de lo Instintivo-Intuitivo, o cada una de ellas por separado. Veremos como incorporamos en el resto del libro esta o estas dos dimensiones, porque el ánimo ya no da para una reestructuración global del capítulo. Asuma por favor, el lector, esta deficiencia nuestra como un ejercicio para ir reflexionando acerca de la forma de incorporar lo Instintivo-Intuitivo.

8) Sin supuestos, por supuesto, porque una Totalidad que se conoce o se construye “a partir de supuestos”, es decir, que de manera necesaria excluye –que deja fuera– a sus supuestos, no es obviamente una Totalidad.

9) En el mismo momento de fundarla, Platón liquido a la Filosofía Occidental al plantear que la Idea del Bien –sin duda la idea central última que intenta captar Lo Humano– estaba “Mas allá de las Esencias” (Epékeina tes Ousías), esto es, más allá de todo lo que se puede conocer con conceptos, ¡¡cosa que era indudablemente cierta!!

10) René Descartes, Reglas para la Dirección del Espíritu. Alianza Editorial, pág. 72.

11) Jesús Navarro Reyes, Cómo hacer filosofía con palabras. A propósito del desencuentro entre Searle y Derridá. Editorial Fondo de Cultura Económica, pág. 19.

12) Hasta aquí hemos hablado de Realidades materiales, naturales, sensoriales, empíricas, concretas, etc.; ahora hablaremos en lo esencial de las Realidades que más nos interesan: las Espirituales.

13) En todo nuestro enfoque y nuestro trabajo, usamos Alma y Espíritu como sinónimos.

14) La Fragilidad del Bien, de Martha Nussbaum, La Banalidad del Mal de Hannah Arendt y El Mal Radical de Richard Bernstein, son tres textos claves para profundizar en este decisivo y nefasto descubrimiento (o redescubrimiento, porque al parecer ya Kant lo había detectado) del siglo XX: ¡¡Que, en cierta forma, el Mal es mucho más poderoso que el Bien en nuestro Espíritu!! O, si preferimos términos más suaves: que el esfuerzo espiritual que tenemos que hacer para enfrentarnos al Mal inserto en nuestro Espíritu, es mucho mayor del que siempre la Civilización Occidental había creído. Porque esta cultura se fundó siempre en una visión profundamente optimista –¡¡e ingenua!!– del Ser Humano que tanto la Filosofía Griega como el Cristianismo, es decir, tanto Platón como Jesucristo nos inculcaron.

15) Recordemos que Nihil en latín es Nada; Exnihilo significa “A partir de la Nada”.

16) Mantengamos permanentemente la reflexión acerca de esa palabra latina Nihil (Nada en español). Nietzsche logra imponerla en una acepción profundamente pesimista o negativa, la que ha logrado imponerse: “el no creer en Nada”. Pero el Nihilismo puede ser entendido también –¡¡y recuperado!!– en una aproximación infinitamente optimista o positiva: que sólo podemos aproximarnos (repito, lejanamente) a Lo Humano a partir de la Nada, es decir, Exnihilo.

17) Conviene reiterar permanentemente que una Decisión sólo lo es en realidad, cuando “con las misma Razones, el mismo Contexto ¡¡y los mismos Valores!! podemos hacer una cosa o exactamente la contraria: perdonar una ofensa o no, agredir a alguien o no, etc.”. Con lo cual aparece claro el verdadero problema (o la “esencia”) de la Ética: Que ésta no consiste o no “ES”, como tradicionalmente Occidente ha creído y nos ha hecho creer, “El conjunto de principios y valores que rigen nuestra conducta”, sino la fuerza espiritual que logremos desarrollar para imponernos el respeto a esos valores… cuando las presiones, amenazas, provocaciones, tentaciones o chantajes que la Realidad ejerce sobre nosotros (y sobre nuestros valores) nos colocan ante la ya mencionada certeza de que con exactamente mi misma estructura ética, ¡¡puedo hacer el Bien o el Mal!! ser solidario o no; sacrificar o no algo valioso para mi, a fin de ayudar “al Prójimo”, etc.

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