María Corina: Ética, Estética y Dios


Dos personas, entre varias otras -con sus reacciones a mi artículo anterior, María Corina y los Valores– me hicieron el domingo. Pocas cosas me alegran tanto como ayudar a quienes no conozco: “Muy bueno su artículo de hoy… Se lo hice leer a mis tres hijos estudiantes. Espero que les ayude a entender un poco más la vida y el disparate que somos los humanos. Saludos”. Y el otro mail: “Sigo sus artículos desde hace 18 años, cuando estudiaba en el Filosofado Salesiano. El de hoy… me deja una interrogante a la cual no he podido dar respuesta: siendo la naturaleza humana la que es, palpablemente manifiesta en su artículo ¿hay solución y si la hay, cuál sería?”.

Permítame el lector responder estos dos mails y, de paso, insistirle a María Corina acerca de la necesidad de familiarizarse con las profundas carencias éticas de Occidente. Quien aspire a dirigir un país, puede limitarse a tener un enfoque político, económico y gerencial; o puede, además, formarse una visión de las profundas fallas morales de la humanidad: “el disparate que somos los seres humanos”, que menciona la primera de las dos citas; la necesidad de superar esa ingenua visión optimista, esa Leyenda Dorada de lo humano que, decíamos, compartieron Platón y Jesucristo. Es abrirle espacio a un enfoque mucho más realista del Animal Racional, con un gran énfasis puesto en lo hormonal, visceral o bestial que hay en nosotros.

Es un llamado de atención a mis lectores -¡y a María Corina!- acerca del inmenso esfuerzo que se hizo a principios del siglo XX para asumir el fracaso de la Filosofía, sustituyéndola por la Estética como la Dimensión de Relevo, como la esfera capaz de captar la infinitud del Espíritu. “Es 1910, el año de la publicación de los Cuadernos de Rilke y de El alma y las formas, de Lukács, para no hablar del desarrollo de la ‘emancipación de la disonancia’ en la música de Schönberg y de las grandes obras expresionistas de Schiele, Kokoschka, Michelstaedter y Kandinsky. La tragedia estética toma conciencia de sí misma en el momento en el cual esta generación de idealistas intenta elevar el arte al rango de propuesta filosófica; es el momento en el cual los músicos, pintores y poetas de los primeros años del siglo XX salen en busca de la forma física del alma pura, de las semblanzas de la identidad abstracta… de conceptos que habían constituido siempre el dominio propio de la metafísica”. (T. Harrison, en Gianni Vattimo, Filosofía y Poesía, Edit. Gedisa, pág. 15).

Todo ese esfuerzo de la Estética por sustituir a la Filosofía fracasó (también) radicalmente. Porque el arte, que capta y crea La Belleza, no puede captar y mucho menos crear El Bien. Porque se puede ser un artista grandioso, un virtuoso de la poesía o la pintura ¡¡y ser al mismo tiempo una porquería como ser humano!! Porque no hay en ello la menor contradicción. Que es ya el primer asomo de una respuesta para la pregunta del segundo señor, en el primer párrafo: “Siendo la naturaleza humana la que es… ¿hay solución y si la hay, cuál sería?”. Por supuesto que hay solución, amigo. Que la Lógica, la Ética y la Estética hayan fracasado en esa búsqueda, no implica que no la haya. Nos queda una última esperanza. Mucho más allá de la razón, la moral y el arte, o sea, mucho más allá de la Verdad, el Bien y la Belleza, nos queda la posibilidad de reivindicar y relanzar la dimensión mística o religiosa del Espíritu, esto es, la noción de Dios, el carácter infinito, absoluto, inagotable e inescrutable de nuestras almas. ¡¡Algo que ningún arte puede captar, se lo aseguro!!

Publicado por Emeterio en El Universal (Venezuela) el 4 de diciembre de 2011.

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