Conindustria, la UCV y la Ética


Si algo le hace falta a Venezuela para salir de esta locura comunista y más aún ¡para cuando salgamos de ella!, es que nuestro empresariado desarrolle una noción profunda de la Ética. La Responsabilidad Social del Capitalista es crucial en ese sentido, pero no es sino el preámbulo del verdadero problema: su Responsabilidad Moral. Sin una auténtica identificación ética con los pobres, no iremos muy lejos.

Por suerte, todo parece avanzar en esa dirección: el martes 28, en el Congreso Anual de Conindustria, asistí a una sesión inaugural de lujo, cuyo solo nombre –La Ética del Nosotros– ya valió todo. El conjunto de la jornada no se quedó atrás, con ponencias de brillantes intelectuales como Inés Quintero y de importantísimos empresarios como Carlos Henrique Blohm y Gustavo Julio Vollmer, hasta llegar al magnífico discurso del presidente de la institución, Carlos Larrazábal.

Esa poderosa idea de la Ética del Nosotros, no puedo dejar de asociarla con un evento del Cendes, el día anterior. El Centro de Estudios del Desarrollo, de la UCV, organizó unas jornadas con la misma preocupación de Conindustria: desarrollar en Venezuela una Visión Compartida de País. Presenté en dicho evento una ponencia que no voy a comentar más que para celebrar un hecho esperanzador: las fuertes coincidencias con el trabajo de Jonathan Alzuru -un joven y brillante profesor ucevista- acerca de ¡¡la necesidad de replantearnos conceptualmente el problema de la Moral!!

Pero la coincidencia con Alzuru no se quedó en la necesidad de redefinir a fondo la Ética, sino que fue hasta la médula más honda del asunto: en la mañana, yo había planteado que una de las grandes rémoras para aproximarnos a entender la Moral y lo Humano, era nuestra dificultad para diferenciar entre las posibilidades cognoscitivas o pasivas de nuestra Conciencia y sus posibilidades creativas o activas. En la tarde, comentando la Ética de Baruch Spinoza, Alzuru dijo: “Las afecciones del cuerpo son de dos tipos, ¡¡pasivas y activas!! Las afecciones pasivas son… causas de un sentimiento, ese sentimiento generado por el exterior es una pasión, es el padecer del cuerpo, la potencia del padecer. Por el contrario, las afecciones activas… no son exteriores al cuerpo sino que son causadas por él ¡¡y se manifiestan como una acción, la potencia de actuar”!! (Cursivas de Alzuru, signos de admiración míos).

Era el siglo XVII y en las ideas de Spinoza estaba ya el núcleo de la discusión acerca de la Ética en la Modernidad: hay en nosotros una Dimensión Pasiva que no nos plantea mayores problemas. Es la esfera de la Pasión, en el sentido estricto de recibir o padecer influencias; la esfera del Ser aristotélico, en la que el Conocer nos resuelve todos los problemas. Porque allí no tenemos que confrontarnos con nuestra Libertad Absoluta o nuestra Capacidad Creadora. La otra esfera -la de esta Libertad y esta Creación- esa es la que cuenta. Porque allí somos plenamente libres para hacer el Bien… ¡¡pero también para hacer el Mal!! Es esa esfera en la que cuando te secuestran un hijo y te lo van a matar, todos tus valores se van “al diablo” y la bestia reaparece radicalmente en ti. Spinoza no había descubierto todavía el inmenso peligro que para la Ética comporta esa Dimensión Activa de Lo Humano. ¡¡Porque nada garantiza que respetemos los valores morales que nosotros mismos nos imponemos!! Que es lo que vinieron a descubrir, ya en los siglos XIX y XX, Nietzsche, Wittgenstein y Heidegger, acabando hasta nuevo aviso con la posibilidad de construir unaDimensión Moral sólida.

PUBLICADO POR EMETERIO EN EL UNIVERSAL EL DOMINGO 3 DE JULIO DE 2011

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Un pensamiento en “Conindustria, la UCV y la Ética

  1. Fulgencio Alberto Bravo dice:

    Mucho es comentar algo más sobre sus artículos ya sea para bien o para mal. Siempre, afortunadamente, he seguido aquél comentario de Thomas Mann sobre el que las ideas abstractas deben ser presentadas de tal manera que nos produzcan una sonrisa, y aun cuando eso es el que uno puede darse al juego de ser demasiado frívolo o harto “complaciente” con lo riguroso, nunca uno deja de encontrarse con textos sobreabundantes de “estilo” o con tendencia a exuberar en el encadenamiento de la ideas. Aquí eso es ser generoso con el lector porque creo que un buen lector de verdad, los que se precian de evitar toda presuntuosidad o supuesto gusto por textos que se dan la tarea de estar gritando torrencialmente las cosas, como los de usted profesor Emeterio, arrugan la frente o terminan preguntandose muy a nuestra manera “¿y a este que le dió?”. Claro, afrontar textualmente con humildad los problemas sobre ética y crítica de las cuestiones de nuestro tiempo es, con muchisima probabilidad y por su irreductible seducción, una pequeña legitimidad de proponerse en su comentario un feo ejercicio de despotricamiento o de objeción tan radical que no deja de parecer un mal ejercicio de exposición y como diría Juan Calzadilla, un trabajo “hecho a los coñazos” -muy a mi pesar porque parece perderse a ratos el punto de vista en tantos signos de exclamación y hasta a veces lo interesante que puede ser la idea. Se puede jugar menos con las palabras, ser más mesurado y justo con lo que hay que decir para que quede bien dicho sin ser tan abrupto o drástico. Hay un pasaje memorable de “Vivir su vida” de Godard, -ay, un pobre occidental de esos que sufren del quiebre de las ideas- del que queda esta necesidad de saber hacer las cosas bien sin dejar de perder su razón principal. Ante todo, calma. No es menester estarse adornando de cosas que supuestamente cubren el ejercicio de escribir, como en su caso, de un aliento de goce; pero no olvide que esa libertad puede demostrar una cosa muy distinta, que falta a un “que es muy fácil hablar” y que eso traicione ese hablar para no llegar si no a un disgusto o el que parezca, mas bien, no estar pensando, sino gritando soberbiamente.

    Saludes,

    Fulgencio Alberto Bravo.

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